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Una esperanza a lo lejos

Por: Javier Ignacio Tobar

De acuerdo con los datos del Compendio Estadístico del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en Chile, al año 2016, existe un total de 13.753.928 personas mayores de 18 años, de las cuales 6.740.725 son hombres y 7.013.203 son mujeres. De acuerdo con los datos del Servicio Electoral al día de hoy, tienen derecho a votar en Chile (ciudadanos) 14.121.316 personas, de las cuales 6.880.836 son hombres y 7.240.480 mujeres. Todo lo anterior implica que hay más votantes que personas. El cruce es raro, pero en principio podemos considerarlo como un margen de error (-367.388).

Esa es la población a la cual debe ir dirigido un nuevo discurso, un nuevo mensaje, un nuevo relato, una nueva épica.

Continuar desagregando los datos es tarea de los sociólogos y de los técnicos que intentarán cubrir por zona; por grupos urbanos o rurales; por necesidades directas o indirectas; acceso a la satisfacción de necesidades básicas (luz, agua y electricidad); por rango etario y por otros tantos que colmarían las letras de esta mera aproximación.

Siguiendo con los datos del Compendio del INE, los alumnos matriculados en la educación parvularia para el año 2016 fueron 381.000, de los cuales 128.884 lo hicieron en el sector público y 253.061 en el particular (subvencionado, particular pagado y corporaciones de administración delegada). Por su parte, en lo que respecta a la educación básica, la matrícula fue de 1.955.585, divididos en un número de 766.267 para los establecimientos públicos y 1.189.419 en colegios privados.

A primera vista, y sin eslóganes facilistas, puede apreciarse que los apoderados eligen para los estudiantes la educación privada por sobre la pública. ¿Por qué? Pueden aventurarse respuestas antojadizas y otras de carácter más bien técnico. Las primeras las dejo para los “técnicos de twitter”; en cuanto a las segundas, parece obvio que la elección está determinada por las “oportunidades” que tendrá el estudiante en el futuro laboral. Esta opción está claramente determinada por el sistema productivo en el que estamos inversos, en el cual lo importante es obtener buenos resultados en las pruebas de evaluación y en la PSU, para luego acceder a la Universidad y ser un engranaje más de la “robotización industrial”. Lamentablemente, los resultados de las últimas evaluaciones muestran que los alumnos (todos) no comprenden lo que leen.

1 Se extraña en estos resultados la respuesta a la pregunta que tampoco se realizó en el último Censo, esto es, qué número de habitantes en Chile mayores de 18 años se consideran lesbianas, gays, transgéneros, bisexuales o intersexuales. Tampoco está el dato referido a las personas con discapacidad (de acuerdo con la denominación entregada por la Convención Internacional referida al tema).

He ahí el problema.

Hago clases hace años en la Universidad y he podido ver cómo en 15 años la calidad de quienes ingresan a la Educación Superior ha cambiado. No es que sea mejor o peor, sólo que es diferente. ¿Y por qué es diferente? Aventurando una respuesta me atrevo a pensar que los colegios han abandonado algunos aspectos fundamentales tanto en sus mallas curriculares como en las formas en que los maestros desarrollan sus clases. No se trata ya de un problema de incentivo económico para que los mejores puntajes elijan la carrera de la Pedagogía, sino que es algo mucho más simple, pero, a la vez, complejo: mutar el sistema de enseñanza hacia la comprensión del entorno y de la habilidad para soluciones problemas que vayan más allá del individuo y que tengan por finalidad vivir en una sociedad “normal”.

Lo anterior se replica en cada una de las etapas educacionales, por lo que las élites ya vienen “predeterminadas” desde los colegios para luego acrecentarlas en las Universidades, las que, a su turno, repiten, al menos en la carrera de Derecho, los mismos contenidos, formas y métodos mecánicos que no enseñan a pensar soluciones, sino que aplicarlas como simples ejercicios de ecuaciones lineales.

Los datos de los primeros párrafos implican que estamos hablando de niños que hoy oscilan entre los 5 y los 15 años, quienes serán las élites del futuro y tendrán a su cargo entregar un nuevo relato a la sociedad y hacerse cargo de lo que nosotros podamos hacer con ellos hoy o, lo que es peor, en contra de ellos. El año 2011 un grupo de jóvenes logró movilizar al país exigiendo educación pública, gratuita y de calidad. El Gobierno actual, que supuso coger esas banderas, impulsó las reformas educacionales al revés, partiendo por la gratuidad combinada con extraños procedimientos para desmunicipalizar la educación escolar. Pero no se detuvo jamás en la calidad. Los resultados están a la vista.

La política es una forma de hacer cosas con palabras. Frente a quienes han sospechado de la retórica y suponen un engaño perverso en cualquier forma de teatralización, hay que recordar que la democracia es impensable fuera de espacio contradictorio de discusión en el espacio público que configuran nuestras palabras y nuestros gestos. Por eso es importante defender, siguiendo a Bauman, el carácter polémico de la política para proteger la democracia de su cosificación y del fomento de nichos populistas y mesiánicos (de derecha o de izquierda), fundamentalmente porque así se defiende, en el fondo, la idea del “ciudadano” como alguien que puede modificar sus opiniones.

Es interesante ratificar que hay grupos políticos que están trabajando de manera seria el tema de la educación, más allá de las cifras, órganos burocráticos o sistemas de evaluaciones. Lo están haciendo, en cambio, en el estudio de impartir las clases de una manera diferente y de entregar la posibilidad del cuestionamiento por medio de la lectura y su sana comprensión

Sólo discutimos porque no tenemos todo claro y presuponemos en los otros una disposición a dejarse convencer semejante a la que ellos suponen en nosotros. El valor de la democracia consiste, precisamente, en permitir a los ciudadanos cambiar de opinión y de dirigentes sin poner en peligro el sistema democrático. Para lo anterior será necesario empezar desde ya a preocuparnos de la calidad antes que otros temas, en que la comprensión de lectura y la revisión de los clásicos, en la carrera que sea, sean asignaturas obligatorias para que el número de votantes se traduzca también en una alta participación para el resguardo de la democracia y de la libertad.

No hay otro camino. La única esperanza está en el futuro que podamos incluir hoy en la educación, tema que será el eje para destruir los impresentables niveles de desigualdad que ostenta nuestro país. Me gustaría ver un candidato que cruce la línea y vaya más allá de lo meramente intuitivo en esta materia, lo que no implica, necesariamente, que diga lo que yo quiero escuchar. Eso sería egoísta. Sólo pido que nos fijemos en el tipo de personas que estamos formando: si acaso engranajes de una gran máquina o, por el contrario, entes de renovación que refresquen la discusión por medio de procesos reflexivos, en que los clásicos no formen parte de las clases de historia, sino que sean objeto de esa ansiado y esperado relato que nos mueva a una épica social.

 

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