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El Modelo. Una aproximación y una propuesta

Por: Javier Ignacio Tobar / Abogado

Nuestro país hoy se divide en confusos ejes que pretenden solucionar, básicamente, los problemas de satisfacción de las necesidades básicas de las personas y de cómo accedemos a una mayor participación en la toma de decisiones públicas. Poéticamente Nicanor Parra (el mejor de todos) lo dice en sus Discursos de Sobremesa cuando expresa: “otro discurso digno de mención, es el discurso que se borra a sí mismo”.

Toda la razón.

La Dictadura cortó con sangre y de raíz un proceso democrático que, precisamente, no estaba satisfaciendo esas necesidades. Pero, curiosamente, ese discurso no se borró a sí mismo. Una de las primeras leyes de la Junta encabezada por el innombrable (como graciosamente lo indica un amigo) fue la de la libre competencia en los mercados, incluido por las políticas monetarias de Friedman y que, de una u otra forma, era necesaria para la apertura de los mercados y para que las personas pudieran volver a elegir y tener lo que necesitaban. Seguramente no previeron que en los primeros años de la década de 1980 ese sistema, que concentró al sistema bancaria, se hiciera añicos y todo volviera a fojas cero. Fue un civil, Hernán Büchi, quien estableció las reglas del capitalismo vigente hasta el día de hoy. Fuimos un “conejillo de indias” que luego fue replicado por los conservadores Reagan en Estados Unidos y Thatcher en Inglaterra. La guerra fría empezaba su fin y las políticas de la centralización económica su eterna despedida. Kissinger y sus muchachos la habían hecho.

La sociedad fue mutando. Recuperamos la democracia en esa mítica gesta del NO que fue más allá de una campaña publicitaria, como nos quiso hacer ver en su PELÍCULA Pablo Larraín, quizá la de menor calidad conceptual dentro de su galardonada trayectoria. Vinieron pronto momentos complejos. Primero Aylwin y su “en la medida de lo posible”; luego Frei Ruiz-Tagle y su cuadratura militar con el Consenso de Washington; Lagos y su “crecimiento con igualdad”; Bachelet I con el “gobierno ciudadano”; Piñera con el latero crecimiento a al costo que fuera y, finalmente, Bachelet 2 y su mal diagnóstico y peor lectura de las movilizaciones estudiantiles del 2011. Quiso ser, a su pesar, la contención del descontento y encauzarlo en reformas que no han tenido los resultados que esperaba.

Pero hubo poco ojo en lo que se estaba incubando en la sociedad chilena que creció y se educó en Dictadura, dentro de los que me cuento, y de los que nacieron en democracia con todos los derechos y libertades en su naipe de opciones. Lo que se estaba incubando, creo, era una idea sobredimensionada del consumo, del tener, del aparentar, de la producción en que la ganancia supere al margen. La solidaridad pasó a llamarse Teletón y la cooperación ayuda al tercer sector (Hogar de Cristo&Cía) por medio de la donación de los vueltos en los supermercados.

Es decir, se tejió y se mantuvo una cultura del plástico (hoy hasta los estadios tienen pasto “de mentira”). Todo es lo que aparentas ser y lo que tienes materialmente. Se estableció el mercado del lujo con sectores diferenciados en las nuevas plazas públicas (los Mall) y se abandonó por todos lados la cooperación, principio que fue sustituido por el invento conservador de la Escuela de Derecho de la PUC: la subsidiariedad.

Y en eso estamos hoy. Los mismos que tiran piedras en contra “del modelo” luego concurren, seguramente, a los centros comerciales a abastecerse de ropa de marca hecha en China para ser parte del club del cocodrilo, del caballo, del ganso o del animal de turno.

Hemos perdido la capacidad de disfrutar del ocio. De darnos en tiempo de estar con los propios, de debatir más allá de la producción; hemos hecho a un lado la filosofía y la educación cívica. Los antiguos liceos, que eran un lugar de encuentro de clases, pasaron a ser encierros de una sola clase.

Es el momento de despertar más allá de la consigna y de querer derribar todo lo que se ha construido. Ml o bien, pero el edificio está hecho. Es probable que tengamos que cambiar las cañerías (partiría por ahí); las ventanas; la pintura; ampliar los espacios y, por sobretodo, la participación en las decisiones sobre los cambios que hay que hacer en el edificio.

Pero el primer edifico que hay que cambiar es el propio. Volver y valorar los espacios públicos, abrir nuestro ámbito discursivo, regresar a los clásicos y tener una mirada que vaya más allá de fin de mes. Para eso es necesario tener un nuevo discurso, un nuevo debate (que no es de nuevas ideas) y nuevas formas. Estoy cierto que en esto los liberales igualitarios y el Frente Amplio, asumiendo que serán las fuerzas en disputa durante los próximos 40 años, tenemos harta pega. Pero para eso lo primero es afirmar algo tan simple como lo siguiente: estamos de acuerdo en los principios, lo que nos separa son las formas de cómo logramos una sociedad más justa y más igual

Las próximas elecciones presidenciales no lo harán; por eso, creo, el esfuerzo debe estar en las elecciones parlamentarias. Es ahí donde puede estar la real fuerza de cambio que nos permita arribar a un objetivo uy concreto, que aparece fácil, al alcance de la mano, pero también lejano: ser nosotros mismos, sin mentira, sin plásticos y sin artificios argumentales.

Esa será la forma de que nuestra generación quede en la historia no por mera vanidad, sino que porque trabajamos más allá del triunfo pequeño. Lo hicimos por un común, un común que se llama Chile.  

 

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