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Por Luciano San Marín Gormaz, Facultad de Arte Universidad de Playa Ancha.

Nuestra sociedad, por momentos competitiva y consumista, parece haber alcanzado el desarrollo de nuevas clases medias impensables hace cincuenta años, que sin embargo, viven en un contexto social y cultural que no parece alcanzar los niveles de satisfacción que todos deseamos.

Existe una cierta sensación transversal de insatisfacción, que parece ser generado de los elementos que tradicionalmente aglutinaban el tejido social desde la perspectiva de la institucionalidad y del necesario “orden” y “confianza” que necesitaba el país para una idea de progreso y de logro de metas por la cual se avanzaba inexorablemente como si se tratara de una recta numérica.

Pero hoy existe un resquebrajamiento, un juego de subjetividades sociales que nos hacen sentir inseguros en nuestro caminar.

El ocaso de todo tipo de institucionalidad; la duda sobre el actuar de las instituciones armadas, políticas, religiosas, del estado, el mundo privado, la inversión extranjera, un panorama que parece estar atomizado, en donde no parece haber orden, en donde hay decepción, desilusión, pero más que nada, en donde hay niveles de intolerancia y de insatisfacción socioemocional que marcan la forma y el fondo de los tiempos.

La educación, en su conjunto, con su “paradigma” más competitivo que educativo, parece ser un protagonista más del tema, y por lo pronto parece carecer de la capacidad, de identificar el cómo nutrir con nuevas ópticas nuestro modo de percibir y de construir la realidad social.

El pensador británico A.C. Grayling, hace una interesante reflexión acerca de un “nuevo” concepto (lo acuño el dramaturgo Steve Tesich en 1992) conocido como “posverdad” (ya mencionado en Chile a partir del lenguaje del mundo político).

La posverdad supone, según este autor, “un profundo sentido de disconformidad de la clase media”, y, “un tóxico crecimiento de la desigualdad de ingresos”, ¿suena familiar?. Acorde a lo anterior, el uso masivo de redes sociales en donde puedo publicar mis opiniones, y para el caso chileno, la concentración de los medios de comunicación de masas que monopolizan, producen, y en ocasiones direccionan, las opiniones ciudadanas dejando en claro la vieja máxima periodística que señala que “la opinión pública no es necesariamente la opinión publicada”.

Esta disconformidad social que hago circular en las redes nos permite según Grayling señalar que: “mi opinión vale más que los hechos (…) Si no estás de acuerdo conmigo, me atacas a mí, no a mis ideas”

Vale decir, la médula de la posverdad según Darío Villanueva de la Real Academia Española sería que nuestras lecturas, juicios y afirmaciones sobre  la realidad social dejan de sustentarse en hechos objetivos para apelar a las emociones, creencias o deseos del público.

¿Qué sería entonces la realidad social?, en realidad la pregunta es: ¿cómo construimos la realidad social?, ¿cómo respondemos a nuestras disconformidades como grupo social?

¿Cuál es el rol de la cultura en ello?

¿Cómo podemos trabajar este tema en nuestro cotidiano?

Soy un convencido, que dialogando. La historia de las ideas demuestra que las sociedades construyen “realidades” a partir del lenguaje porque comparten códigos simbólicos comunes a su época.

Entonces, si en cada centro cultural, en cada organización social, en cada familia, se potenciara el diálogo, la conversación, el dejar pasar el tiempo mientras cultivamos la atención en el otro, mientras exponemos nuestras ideas y compartimos códigos simbólicos generacionales y logramos construir otredad, alteridad social, podríamos desarrollar y compartir aspectos de nuestra memoria social, de nuestro presente social, de nuestra percepción, de nuestro modo de construir y leer el mundo.

Este ejercicio, doméstico y sencillo, es algo extraviado en nuestras vidas, las redes han reemplazado nuestros modos de intercambiar ideas.

Nuestras experiencias en escuelas y centros sociales generando diálogos han sido demasiado productivas y nos refuerzan el pensar que estas iniciativas son un auténtico trabajo de mediación cultural que cada municipalidad y cada territorio local, debiesen estar desarrollando de modo permanente y continuo.

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