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Por Luciano San Martín Gormaz, Facultad de Arte. Universidad de Playa Ancha.

Mario Gennari, profesor de la Universidad de Génova, Italia, cuando plantea en la  década de 1990 su teoría de la Pedagogía de la Ciudad (ciudades educadoras) asume que es necesario un profundo cambio en la construcción del individuo político y en la dimensión de la ética de la participación, para dar paso a una ciudad que se estructura en base al ciudadano y no al revés, vale decir, como señala el autor, en una dimensión de lo comunitario “que sólo la ciudad puede engendrar.”

Lo anterior, supone un desafío importante en el ámbito de la educación política al abrir una posibilidad de “didáctica de lo político” desde la vida social de los habitantes que se transforman en ciudadanos a través del ejercicio comunitario de la participación, y paralelamente, supone también, un desafío importante para el universo político de nuestras ciudades al replantear el ejercicio de lo político, no desde la “técnica del poder y del mando”, sino que como co-construcción con el “otro” del espacio común: ciudad.

Un tema interesante y de fondo en la relación educación-cultura-territorio-patrimonio, tan de moda por estos días y con muchas iniciativas interesantes desde la institucionalidad y desde las propias organizaciones culturales.

Toda una posibilidad además, como primer eslabón de lo político, para la añorada educación cívica en la educación chilena.

Las escuelas públicas de nuestras ciudades deberían formular un espacio en torno a este tema, en Valparaíso por ejemplo, una de las áreas a desarrollar es la “transferencia” de la carga simbólica de la ciudad que es precisamente la que la hace adjudicar la categoría de Patrimonio Mundial.

Este desafío, no pasa solamente, por formular unidades, asignaturas y/o talleres sobre historiografía o datos anecdóticos del territorio y del poblamiento, que es como hasta el momento hemos comprendido –en la mayoría de los casos- la teoría de las Ciudades Educadoras.

Muy por el contrario, ese tipo de instrucción (no diré educación) solamente está destinada a un conocimiento no encarnado emocionalmente en el alumno y a potenciar el consumo de un turismo de masas depredador y no constructor o continuador de la carga simbólica de la ciudad.

El planteamiento de la Ciudad Educadora supone que todas y todos, particularmente los escolares, participen en la elaboración y consolidación del sistema de reglas que nos regulará como ciudadanos. De ahí, que dicha co-construcción se sostiene sobre nuestra identidad, nuestra cultura, la otredad, y el potenciamiento de lo civil, lo ético y lo legal.

Es decir, supone, una “didáctica de la vida social” para co-construir (y aquí pienso en el aprendizaje colaborativo de Crook) el “ethos” y el “nomos”.

Vale decir, una co-construcción no sólo cognitiva, sino que fundamentalmente, socioemocional y sociocultural de nuestras costumbres y hábitos (noción de ethos) que disponen nuestros modos de pensar, sentir, “modo de ser” y “temperamento”, lo que supone nuestra construcción de lo moral, y, el orden social y político dado y preexistente a nuestro estar aquí (nomos).

En el desarrollo de estos dos espacios, a través de la práctica educativa,  se logra el traspasar la  -en ocasiones frágil frontera- entre el habitante y el ciudadano.

Ahora bien, ¿por qué no desarrollar estos talleres en la escuela?, sólo este tipo de educación posibilita la co-construcción de identidades, la transferencia de las cargas simbólicas sobre el territorio, la cultura y la mirada y valoración comunitaria sobre el pasado común, es decir: el patrimonio, la historia y la memoria social.

Todo ello, requiere de un individuo político.

Nuestras ciudades y sus desafíos requieren de gobiernos ciudadanos y de sistemas de gobernanzas, que posean amplios espacios de participación, co-construcción y expresión de sus dimensiones cognitivas, socioemocionales y culturales.

Un espacio público y de ciudanía que descanse en el espacio educativo, después de todo, es la propia escuela la que transfiere los modelos sociales, culturales y los modos de ser, sentir y pensar.

¿Por qué no trabajar, entonces, en la propia escuela el ethos y el nomos sobre la base de nuestro territorio social y político más próximo: la ciudad?

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