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Por Luciano San Martín G. Facultad de Arte, Universidad de Playa Ancha.

La creación de nuevos nichos de desarrollo económico ha potenciado, en ausencia de una mayor discusión, un enorme ámbito de consumo de pasado a través de la industria cultural del patrimonio.

Hasta hace algunos años, revisitábamos nuestro pasado a propósito de la concreción de ejercicios históricos o de memoria social cuyo objeto era la búsqueda de lazos de identidad y de pertenencia en función de potenciar el “nosotros” y los desafíos futuros.

Los propios organismos internacionales, que como Unesco propugnaban, por una cultura que potenciara los desafíos globales y el desarrollo económico, fueron dando paso, a un predominio sin contraparte alguna de una óptica neoliberal, que lentamente se fue apropiando, de los más pequeños espacios de lo que hoy llamamos el consumo cultural y patrimonial.

Nuestra vida social está mediada por la práctica del consumo. Nuestras nuevas clases medias, meritocráticas y autónomas en sus decisiones, crecieron y se desarrollaron en un país sin contrapeso simbólico que permitiese al largo plazo la presencia de un espacio público que posibilitara cruces, encuentros y la presencia de una mirada crítica frente a los desafíos comunes.

Siendo el consumo una praxis individual, genera muy pocas posibilidades de fomentar lo comunitario, lo local y lo colectivo, en tal sentido, nuestros territorios en la medida que fueron consumidos, pasaron por un lento proceso de transculturación, que ha transformado los patrones culturales en los cuales lo patrimonial se generó.

Ciudades, como Valparaíso, fueron gestionadas a partir de ejes de tensión entre la exclusión y la inclusión, provocando con ello, un éxodo masivo de habitantes originales y la llegada gentrificada de neohabitantes que semantizaron un neoterritorio, cuyo aparato discursivo descansa sobre premisas -en ocasiones prefabricadas- que posibilitan la existencia de un cierto “marco teórico” y la salvaguarda de un conjunto de “valores” que la práctica del consumo territorial-patrimonial desfiguró.

Los instrumentos como los planes reguladores comunales y la propia construcción de políticas locales y nacionales en cultura y patrimonio, debiesen ser en teoría, poderosos instrumentos de administración y proyección de cómo, un conjunto tan polivalente como el casco histórico de una ciudad, puede ser recuperado y ser transformado en un campo de posibilidades, no solamente para el consumo del turismo de masas y/o el entertainment de los neohabitantes, sino que por el contrario dar respuesta a los procesos de memoria social que los propios habitantes identifican como importantes y fundantes del territorio.

La memoria del territorio supone una lectura socioemocional del mismo y es por definición colectiva. La mirada del consumo patrimonial supone una puesta en escena arbitraria del territorio y es por definición una práctica dada por la moda y mediada por dispositivos mediáticos que nos aproximan a un pasado editado para el consumo.

Hoy, la coyuntura política y la consolidación de nuevas fuerzas sociales y ciudadanas nos hacen pensar que aún hay espacios para el ejercicio ciudadano y para habitar territorios que promuevan anclajes y una calidad de vida que nos permita un cobijo a los enfoques neoliberales y a la levedad del consumo exacerbado.

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