Roadies RitoqueFm

77e3798bb9782084333898c5f75d9aab XL


Columna: Clotario Blest, la lucha desde la pobreza

Por: Hernan Millas Correa

Parecía un santón escapado de una novela de Dostoievski, con su cabellera blanca prolongándose como enredaderas en su barba, un esqueleto forrado en gastada piel, y calzando unas alpargatas. Cuando en sus últimas horas de vida lo llevaron a la Posta Central de la Asistencia Pública un día de agosto de 1989, pesaba treinta y ocho kilos.

         Extraña paradoja: las pocas veces que el nonagenario Clotario Blest Riffo había dormido en muelle lecho con sábanas limpias y ha recibido oportuna alimentación (aunque sea por suero) , es cuando la ambulancia lo recoge y lo hospitalizan. La vez anterior fue cuando se desvaneció en el estrado donde se conmemoraba el Primero de Mayo. Después de unos días había regresado a su caserón en calle Ricardo Santa Cruz, donde moraba con unas palomas que se paseaban por las habitaciones, y que descendían al reducido patio.

          Aquella vez yacía en el Hospital del Trabajador, la orgullosa creación de los Heiremans.  Extraña coincidencia: Luis Alberto Heiremans , el Tito, el hermano dramaturgo que murió muy temprano, iba a escribir una obra basada en Don Clota.

         Quién mejor que él como personaje.¿Por qué se podía extrañar que terminase su existencia pobre y abandonado? Sí, abandonado, porque el patriarca de los sindicatos se merecía que los trabajadores lo mimasen en sus últimos días. ¿Por qué no pagarle una enfermera de día y de noche, por qué no surtir su cocina con los escasos alimentos –pero nutritivos- que requería, por qué no disponerle de una asesora del hogar  (término que ‘vistió’ a las antiguas ‘empleadas domésticas’) ? ¿Por qué no embellecer sus muros grises? ¿Por qué dos muchachos , por voluntad propia, no se turnaban para ir a cuidarlo?

          La última persona que lo acompañó fue una empleada que había sido la nana de su infancia.  Su madre se la dejó encargada. Yacía postrada, y desde su habitación le daba los buenos días y las buenas noches. El la atendía. Para ambos existía la buena gracia de la compañía.

          Pero a fines de septiembre, poco  después del golpe militar que llevó a  Pinochet al Poder, la casa fue allanada. A uno de los asaltantes uniformados se le ocurrió que el colchón de la anciana podía esconmder armas.  Entonces la tomaron a ella y la coloraron en el suelo, mientras con una bayoneta destrozaban el colchón. La anciana enfermó de bronconeumiia y murió pocos días después. ¿Y las armas? “Se llevaron más de quinientos libros, mis camisas, mis zapatos, mi máquina de escribir. Como usted ve, libros ya no me quedan”, me contó en una ocasión en que lo entrevisté, crónica que apareció en la revista Hoy, pero tajeada por la censura toda referencia al allanamiento. Sus ojos lagrimeaban, no tanto de pena, sino recordando su muda impotencia ante el vejamen.

         Volvamos al personaje que entusiasmase al dramaturgo Tito Heiremans.

         Tenía siete años cuando se enteró que la pobreza podía ser una falta.  El director de la escuela lo reprendió porque iba con los zapatos rotos. “Es que soy pobre, señor”, fue su respuesta.

         Ese mismo año había muerto su padre, Ricardo Blest Ugarte, un militar de la tropa, de la rama pobre de la familia, y que se había casado con Leopoldina Riffo Bustos, una maestra primaria.  Entonces eso significaba juntar dos pobrezas.

          Curiosamente en esa ésa época, comienzos de los 900, costaba pensar que había Blest pobres. El abuelo, el médico irlandés Guillermo Blest Cuningham, vino a Chile en 1827 a visitar a un hermano que era jefe en una casa comercial de Valparaíso. Con el ardor de sus 27 años se enamoró de la dulce adolescente  que era María de la Luz Gana. Quedó en tierra. Los médicos ingleses e irlandenses tenían propensión por las jóvenes chilenas. El doctor Edward también quedó en Chile. De su matrimonio, Guillermo Blest tuvo once hijos. Pronto adquirió fama como médico cirujano, y se propuso fundar la Escuela de Medicina. Nacionalizado chileno, fue elegido diputado y senador.  Sus once hijos constituyeron la rama acaudalada: el novelista y diplomático Alberto Blest Gana, el más famoso (Martín Rivas, El ideal de un calavera, La arímética en el amor, Durante la Reconquista), Guillermo, poeta romántico y novelista, y que por sus ideas liberales fue desterrado) .Al enviudar, el doctor Blest contrajo matrimonio con Carmen Ugarte, abuela de don Clotario. Y los Ugarte en aquellos años eran pobres de solemnidad. Ella, al enviudar , y quedar con tres hijos pequeños, pasó toda suerte de aflicciones  para educarlos y darles de comer. Pero salió adelante. Los hijos, entre los cuales se contaba el padre  de don Clotario fue así de la rama de los pobres.

        Los hijos de doña Carmen siempre sintieron admiración por ella, por una cualidad: jamás se acercó a golpear las puertas de los Blest acaudalados.

         La única hermana soñaba con ser bailarina, pero faltaba dinero para las clases de ballet. Se hizo monja , aunque pronto enfermo también por su organismo minado por las privaciones económicas (denomínese ‘hambre’) y murió en la sala común de un hospital. Con razón, la periodista Marcela Otero dijo una vez: “La pobreza fue para Clotario Blest desde siempre su escenario natural”.

        El misticismo se apoderó de Blest. Su madre le consiguió una beca en el Seminario , donde tuvo como profesor al que más tarde sería el Cardenal José María Caro, primer purpurado chileno. Su guía fue el sacerdote  jesuita Fernando Vives Solar. De él aprendió también la rebeldía, la que puso en práctica cuando fue trasladado al Seminario de Concepción. Alli hizo de rebelde y todo el curso le obedeció al no aceptar la discriminación  con los seminaristas que venían de otras ciudades.

        Un cura rebelde era mal mirado, y mucho más si era sólo un seminarista. El Padre Vives le consiguió un puesto en la Tesorería: sería ayudante de pagador de los profesores primarios. Cruel coincidencia. Al mismo tiempo estudiaba Leyes y Filosofía en la Universidad Católica. Pero salió una disposición prohibiendo otorgarle facilidades a los empleados públicos para estudiuar, bajo el pretexto de que eso favorecía el ausentismo.

       Al ver cercenadas sus aspiraciones, se refugió en el Círculo de Estudios El Surco, que había formado el sacerdote  Guillermo Viviani ‘cura rojo’pára la época.

        Católico observante (hasta pocos días antes de su muerte iba a misa en la vecina iglesia de San Isidro), se sentía mal en la Asociación de Estudiantes Católicos. A su lado ya estaba Teresa Ossandon Guzmán, perteneciente a una millonaria familia de Zapallar (su padre , Carlos Ossandon, era un conocido Corredor de Propiedades). Ella sería el único y gran amor de su vida.  Cada día ambos querían vivir más profundamente el Evangelio. Con algunos amigos costeaban un periódico titulado Jesús Obrero.

         Un día hicieron un pacto de amor diferente al de todas las parejas: se demostrarían amor renunciando a la felicidad terrena, entregándose a una sola causa,que era la de los pobres. Ella ingresó a un convento y él se convirtió en un luchador por la causa de los pobres y de los oprimidos.

         Don Clota (como le decían) empezó fundando la Asociación de Empleados Fiscales (Anef).Le propuso a sus afiliados vestir el overol y olvidarse del terno, la camisa y la corbata. Esa vez no fue oído. Los jefes de servicios no admitarían a funcionarios que no llegasen de terno, camisa y corbata.

         Las divisiones de la clase trabajadora le abrumaban. Las riñas entre socialistas y comunistas a veces terminaba en muertes. Fue para el Primero de Mayo de 1952, en el segundo gobierno de Ibáñez, cuando llamó a una concentración que reunió a 40 mil personas en la Plaza Artesanos.

          “¿Quieren la unidad?” , preguntó, y la multitud replicó “¡Unidad, unidad!”. “Han oído la voz del pueblo”, prosiguió Blest, “que es la voz de Dios. De manera que yo pido que inmediatamente se forme una comisión para que se organice un Congreso en donde salga un solo organismo para los trabajadores”.

          La CUT (Central Unica de Trabajadores) materializó su sueño. Durante ocho años fue su Presidente, pero cuando volvió a colarse el  sectarismo político, don Clota se alejó.

          “Sindicalismo significa”, me dijo en palabras que conservo grabadas, “como expresa su raíz griega, ‘sin límites’  y para que el sindcalismo sea tal, debe sustentarse en tres pilares: libertad, justicia y fraternidad. Si cualquiera de estas tres falla, desaparece el sindicalismo”.

        Por sustentar sus ideales, Don Clota sufrió cinco relegaciones, veintisiete veces fue a parar a la cárcel, y unas ‘cien veces –como él decía- fue  apaleado”. No guardaba rencor. No le salía una palabra en contra de nadie. Ni del Presidente Jorge Alessandri, cuyo gobierno lo hizo recluir tres meses en la tenebrosa Galería Cinco, conocida como la de los ‘cogoteros’.

        Pensaron que de allí no saldría vivo. Pero ocurrió lo increíble. Así como las fieras se volvían mansas al paso de Francisco de Asís, los cogoteros lo respetaron y hasta le llevaban el desayuno a la cama. Ni siquiera permitían que se dijera una grosería en su presencia.

        Cuando se marchó, Blest les preguntó por qué lo habían tratado así.

         “Porque usted nos enseñó que todos somos hermanos y, por eso, le hemos tratado como a un hermano”, fue la respuesta.

         Partidario de la no violencia, Blest tenía a Gandhi como su patrono espiritual,después de Cristo, porque el alma de la Independencia de la India fundó su acción sobre el principio de la no violencia.

         Cuando en Santiago se estrenó la película basada en su vida, Blest se detenía a la salida de los cines, y entregaba unos volantes. Carabineros se acercaban creyendo que entregaba manifiestos políticos. Pero se encontraban con inocentes hojas donde se resumía el pensamiento de Gandhi.

          La última vez que conversamos fue cuando se acercaba el Primero de Mayo. Ya su mente titilaba y confundía fechas y alteraba Presidentes. Pero no  olvidaba a los muertos. Sin embargo, prefería no hablar mucho. Salvo sobre su muerte: “Quiero que con este overol me incineren…Este es el uniforme de los trabajadores”. Y así se cumplió, después de la misa en la iglesia de San Francisco.

         Un fraile franciscano me contaba que, al día siguiente, cuando lo iban a sepultar, su atáud amaneció cubierto de flores, muchas más de las que tenía en la noche.

Comentarios

RITOQUE FM

logo web lb

Contacto :

Ponte en contacto

Te queremos leer y escuchar!

Envianos un mensaje a través de nuestro Formulario de contacto. O nos puedes llamar al: 32 2239891

Estamos ubicados en

Calle Uruguay 556, oficina 308 Valparaíso, Valparaiso, Chile

Redes Sociales