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Por Carlos Vergara Constela. Centro de Estudios Socioculturales del Deporte (CESDE)

Contrariamente a lo que se ha querido instalar históricamente por una buena parte de los comunicadores deportivos, fútbol y política sí caminan de la mano. Que los triunfos deportivos estén sujetos a aprovechamientos por parte de actores políticos para obtener prestigio, reconocimiento o resaltar una u otra cualidad de un país, organización o territorio, es una variable irreductible de esa relación. Los Juegos Olímpicos de Berlín (1936), o la definición entre Chile y Brasil para clasificar al mundial de 1990 pueden ser un buen ejemplo de esto último.

Claramente, esto no es nada nuevo en las historias que se tejen en el mundo y en nuestro país. Los y las políticas buscan fotografiarse con deportistas exitosos/as, les felicitan por Twitter, se cuelgan de sus triunfos e intentan instalar mediáticamente que existe una relación directa entre triunfo deportivo y triunfo político. Nada más cercano a ello que la frase de Michelle Bachelet posterior al triunfo de Chile a España en el mundial de Brasil 2014: “esta era la medida 57”, arguyendo que el triunfo deportivo era también un triunfo de su gestión. Hoy, tres años después, la selección se consolidó como una de las mejores del mundo y el sexto gobierno de la concertación ya terminó de caerse a pedazos.   

Pero también “el fútbol” (en genérico) es signado como el gran opio y el culpable del “no despertar del pueblo”. Sin embargo, quedarnos con esa idea significa no diferenciar todas las expresiones que conlleva este deporte y, por lo tanto invisibilizar a experiencias y movimientos como la antigua Plataforma de Trabajo Social de la Garra Blanca, el actual Movimiento 15 de Agosto Wanderino, o la participación de clubes deportivos en los comandos comunales y los cordones industriales durante la UP nos obligan a no reducir este deporte al fútbol-espectáculo: a la Champions League, al discurso mass mediático del “matar o morir”; o al autodenominado “tenor del pueblo” poniendo al “hincha” (como si hubiese un gran hincha homogéneo) como un tipo “esencialmente” imbécil, imposible de hacerse cargo de la administración de un club..  

En una tónica similar, la voz de Fernando Solabarrieta o la de Claudio Palma nos dice que “la selección nos une”, que aminora nuestras diferencias, que hace que “ricos y pobres” puedan dialogar horizontalmente, etc., etc. Nada más alejado de la realidad. Estas competiciones donde “todos y todas nos ponemos la camiseta de la selección” apenas suspenden por un tiempo reducido nuestros conflictos más profundos. Seamos sensatos: la selección lleva un tiempo largo desplegando un gran rendimiento y el malestar social en Chile aumenta progresivamente. Digámoslo de otra manera: por más que la próxima semana estos jugadores sean recibidos como héroes patrios en La Moneda, la victoria deportiva no es capaz de otorgarle un piso y soportar a un sistema político putrefacto.   

El pasado jueves, luego de las tres tapadas de Claudio Bravo, los comentarios sobre la inviabilidad de “las primarias” no se hicieron esperar. Llamativamente, estos no versaban sobre la norma que impide realizar concentraciones o manifestaciones en días eleccionarios (pensando en una hipotética victoria del combinado nacional), si no que, básicamente, daba cuenta de que las elecciones primarias perdían total interés ante el partido definitorio. Claramente, la lógica del argumento es pobrísima. Ni siquiera alcanza para compatibilizar una reducida pizca de ejercicio ciudadano en el marco de una jornada marcada por la efervescencia futbolera. 

Pero no comamos vidrio. Sabemos que si la selección gana no es más que una victoria deportiva de un grupo de deportistas que representa a buena parte del país; pero esta no es una victoria de cada uno/a de nosotros/as. Que próximamente recibamos la cartola de nuestra AFP, recordando nuestros vacíos y la pobre rentabilidad de nuestros fondos, sin duda es indicador de ello.

Y si bien, un proceso eleccionario no subsume todas las formas de participación política, el 2 de Julio sí será un día relevante. Si creemos que este país debe seguir siendo gobernado por la derecha, vayamos a marcar por Sebastián Piñera; si creemos que boicotear las elecciones de la derecha es un mecanismo legítimo para dejar off side a algún candidato, hagámoslo; si creemos que dentro del Frente Amplio existen diferencias relevantes para conducir un gobierno, vamos a marcar por Sánchez o Mayol. Con seguridad, el tiempo que gastaremos yendo a votar no será más que el que gastaremos en la fila del supermercado donde compraremos la carne para el asado.

Esta vez la pelota la tenemos nosotros. Invoquemos la claridad del viejo “chamaco” y  disfrutemos del espectáculo de una generación –de nuestra generación- que no ha hecho más que reafirmar que la historia está ahí, lista para ser transformada.

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