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Por: Cristóbal Millas / Ritoque FM 

Elena Caffarena nació en Iquique el 23 de marzo de 1903. Cursó la Educación Secundaria en el Liceo N° 4 de Santiago. Ingresó a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile y en 1926 se tituló de abogada con distinción máxima, convirtiéndose en una de las primeras 15 profesionales del derecho de la República. En 1929 se casó con el abogado Jorge Jiles, con quien tuvo tres hijos. Fue fundadora del Movimiento pro Emancipación de la Mujer Chilena (Memch), de la Federación Chilena de Instituciones Femeninas (Fechif) y de la Fundación de Protección de la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia (Pidee). Además, escribió sobre la situación de la mujer bajo el régimen matrimonial, y su derecho a pensión alimenticia al abandonar el hogar, entre otros temas. Murió el 19 de julio de 2003, a los cien años de edad.

En su actuar público, Caffarena se convirtió en una abogada destacada, líder feminista y defensora de los derechos humanos. Hoy es recordada como una de las figuras más relevantes en la lucha por el voto femenino en Chile. A inicios del siglo XX, la situación de las mujeres era sumamente desventajosa en la vida política, económica y cultural del país, con respecto a la población masculina. No obstante, desde 1877 el Decreto Amunátegui permitió a las mujeres el ingreso a la universidad. Esto les permitió acceder a niveles de formación más altos, lo que favoreció una intensificación de la lucha feminista por la igualdad de derechos legales entre hombres y mujeres. Fue en la universidad donde Caffarena tomó conciencia de la inferioridad de la mujer frente a la ley, razón por la cual decidió comprometerse con el movimiento feminista que comenzaba a gestarse.

En 1935, Elena Caffarena formó parte del movimiento fundador del Movimiento pro Emancipación de la Mujer Chilena (Memch), y asumió la secretaría general de esta organización, cargo en el que se mantuvo hasta el año 1941. El Memch se constituyó, durante las décadas del 30 y 40, como el principal referente en la lucha por el voto femenino. Así, llevó adelante una importante labor de difusión mediante concentraciones masivas, actos públicos y la edición de la revista La Mujer Nueva, que denunció la discriminación permanente que enfrentaban las mujeres en el espacio público. El Memch desarrolló principalmente una labor reivindicativa, desmarcándose del movimiento femenino acostumbrado a solicitar “concesiones”. El año 1944, la organización se hizo parte en la fundación de la Federación Chilena de Instituciones Femeninas (Fechif), que estableció la Comisión de Defensa de la Mujer, dedicada a atender denuncias de mujeres que fueran vulneradas en sus derechos laborales.

El día 8 de enero de 1949, durante el gobierno de Gabriel González Videla, se firmó el proyecto de ley Nº 9.292, que concedió derechos políticos plenos a las mujeres de nuestro país, en un acto público celebrado en el Teatro Municipal de Santiago. Irónicamente, Elena Caffarena no fue invitada a dicho acto. El año anterior había sido aprobada la Ley Nº 8.987 de Defensa Permanente de la Democracia, que eliminaba de los Registros Electorales a todos los miembros del Partido Comunista. Si bien Caffarena no militaba en ningún partido, sí lo hacía su marido, y ella había emprendido su defensa junto a la de otras víctimas de relegación y privación de sus derechos ciudadanos.

Caffarena protestó públicamente enviando una carta titulada “Defender personalmente la causa”, en la que rechazaba la “Ley maldita” pues esta mancillaba la democracia. La incesante lucha de Elena Caffarena por los derechos humanos no concluyó con la obtención del sufragio femenino. Sus intereses también atendían a otras cuestiones de orden general, y en 1979 creó la Fundación de Protección de la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia (Pidee), destinada a ayudar a niños, niñas o familiares de víctimas de violaciones a los derechos humanos. Hasta sus últimos años, si bien se mantenía alejada de la coyuntura política a causa de su avanzada edad, Elena Caffarena continuó siendo un referente para el movimiento feminista chileno y latinoamericano, y conservó su visión acerca de la emancipación de la mujer, que fue un ejemplo para la sociedad del siglo XX.

¿Cómo te presentas?
Me convertí en luchadora social porque me identifico con mis hermanas, las mujeres. Y sobre todo, porque creo en la justicia.

¿Qué te impacta?
A mí me tocaron los días en que no teníamos derechos ciudadanos: no debíamos opinar en política, ni administrar nuestros bienes, ni era bien visto que pensáramos demasiado. Y si se trataba de una mujer pobre, peor… En ese tiempo, y hasta hoy de cierto modo, resultaba muy obsceno hablar de emancipación. ¿Qué querían estas mujeres deschavetadas?, ¿buscaban un verdadero libertinaje? Ningún partido tenía mucho interés en aprobar el voto político para las mujeres, porque la respuesta electoral femenina era una incógnita. Ampliar la democracia resultaba riesgoso. Y a las que lo proponíamos se nos tildó de revoltosas.

¿Qué te moviliza?
Nuestro objetivo no terminaba en obtener el derecho a concurrir a un acto electoral y manifestar una preferencia. Era también el derecho a ser candidatas, a ser elegidas, a expresar directamente las necesidades de las mujeres, y ampliar la base de la democracia en Chile que estaba reducida, por lo menos, a la mitad.

¿Qué te desconcierta o descoloca?
Cuando se aprobó el voto femenino se hizo un acto solemne y publicitado, al que asistieron el presidente de la República, Gabriel González Videla, su señora, sus ministros, muchas personalidades, gente muy importante toda. Pero las miles de mujeres que habíamos propuesto la promulgación de esa ley y que habíamos luchado dos décadas por ella, no fuimos invitadas. Celebramos cada una en su casa, con nuestros hijos y nuestros maridos, trabajando como todos los días y soñando con un futuro más justo… Pocos días después, González Videla canceló mi inscripción en los registros electorales, porque yo defendía, en mi calidad de abogada, a cuarenta mujeres y sus más de cien hijos menores de edad que estaban prisioneros en el campo de concentración de Pisagua. Su único delito –el de las madres– era pensar distinto que el primer mandatario. Fui acusada entonces de comunista, de agitadora, de cabecilla de una revuelta… y me proscribieron.

¿Qué herramientas crees que tenemos las mujeres para transformar la sociedad?
Sería un desatino no reconocer que hemos avanzado en esta batalla. Pero el riesgo de convertir en monumento a las mujeres que participamos en esta etapa, es creer, equivocadamente, que la tarea está concluida. En las casas y en las calles hay mujeres bastante más interesantes que yo, que están luchando todos los días y que tienen mucho que decir, de aquí para adelante.

Fuentes:

Eltit, D. (1994). Crónica del sufragio femenino en Chile. Santiago: Servicio Nacional de la Mujer.

Errázuriz, J. (2005, julio-diciembre). Discursos en torno al sufragio femenino en Chile, 1865-1949, Historia, nº 38, v. 2, pp. 257-286.

Maza, E. (1998). Liberales, radicales y la ciudadanía de la mujer en Chile (1872-1930), Estudios Públicos, nº 69.

Frases extraídas del texto “Mi abuela cumple cien años”

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