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RITOQUE SÓNICA 002: JULIO PRESAS & CARLOS VÁSQUEZ SAVINA
Por Angélica Pacheco Díaz
No es por falta de temas en la agenda pública. Nunca han sobrado tantos microdramas. Cada mañana aparece uno nuevo reclamando nuestra atención. Mientras un proyecto de ley de profundo impacto económico avanza sin consensos, la agenda económica sigue su curso y la capacidad de deliberación parece agotarse. Entretanto, un streaming, una declaración o una polémica desplazan a la anterior en cuestión de horas. El enjambre del que habla Byung-Chul Han nunca se detiene. Reacciona, amplifica, olvida y vuelve a reaccionar. La lógica del escándalo termina imponiéndose sobre el criterio de lo pertinente. Lo que exige deliberación se consume como entretenimiento; lo que interpela nuestra humanidad se transforma en un episodio más de una serie interminable.
En esa aceleración emerge una inquietante combinación entre la levedad y la frivolidad. Milan Kundera advertía que la levedad podía vaciar de peso nuestras decisiones hasta volverlas casi imperceptibles. Gilles Lipovetsky describió una época en la que el espectáculo, la seducción y el consumo colonizan incluso los asuntos más trascendentes. Quizás ese sea uno de los signos más inquietantes de nuestro tiempo: cuando todo puede convertirse en contenido, también aquello que compromete la dignidad humana corre el riesgo de ser tratado como un episodio más del entretenimiento. Ocurre con los derechos de las niñeces cuando los dichos del entonces jefe de gabinete del diputado Hans Marowski (Partido Nacional Libertario), Ítalo Omegna, ridiculizando a niños con trastorno del espectro autista, se transforman en un espectáculo viral. Ocurre con la dignidad y la autonomía de las mujeres cuando el diputado Cristóbal Urruticoechea (Partido Nacional Libertario) impulsa el proyecto de ley Escucha su corazón, respaldado inicialmente por parlamentarios del Partido Republicano y Renovación Nacional, trasladando una discusión profundamente ética, médica y jurídica al terreno de la confrontación política inmediata. Cuando la deliberación democrática adopta la lógica del microdrama, incluso los debates que afectan la dignidad humana terminan compitiendo por unos pocos segundos de atención. No porque esos asuntos sean frívolos, sino porque el ecosistema termina administrándolos bajo la lógica de la frivolidad.
Sin embargo, esta columna no trata de esos microdramas. La noticia más importante de las últimas semanas llega silenciosamente desde las encuestas. Plaza Pública Cadem muestra que el 58% de los chilenos mira el futuro del país con pesimismo, el registro más alto desde que comenzó esa medición en 2015. Data Influye revela que el 72% cree que Chile no mejorará durante los próximos dos años. Pulso Ciudadano confirma el deterioro de las expectativas económicas. Y Criteria incorpora un dato decisivo: la esperanza cae del 53% al 39% en lo que va del año, mientras el miedo aumenta al 27%, la tristeza alcanza el 12% y la ira llega al 5%. No son exactamente las mismas preguntas ni utilizan las mismas metodologías, pero todas parecen registrar un mismo fenómeno: el horizonte de expectativas se estrecha y el clima emocional del país se oscurece. No se trata de emociones pasajeras. Se trata de un estado de ánimo colectivo que permanece oculto bajo el ruido permanente del enjambre.
Las encuestas no anuncian el futuro. Lo que revelan es el presente emocional de una sociedad. Cuando distintos instrumentos convergen en una misma dirección, dejan de describir una coyuntura para revelar un clima de época. Lo verdaderamente inquietante no es que aumente el pesimismo. Es que disminuya la esperanza. Porque el pesimismo todavía puede movilizar cambios; la resignación, en cambio, deja de creer que esos cambios sean posibles.
El historiador Reinhart Koselleck sostenía que las sociedades habitan entre el espacio de la experiencia y el horizonte de expectativas. La experiencia explica el pasado; las expectativas hacen posible el futuro. Cuando ese horizonte comienza a estrecharse, no solo cambian los indicadores económicos. Cambia la manera en que una comunidad proyecta su vida, toma decisiones y comprende su destino. Una sociedad deja de preguntarse hacia dónde quiere ir y comienza simplemente a administrar la incertidumbre del presente.
Zygmunt Bauman observó que la modernidad no elimina la incertidumbre; la convierte en una condición permanente. El trabajo se vuelve más frágil, los vínculos más inestables y el futuro más difícil de imaginar. Tal vez por eso las cifras de Cadem, Data Influye, Pulso Ciudadano y Criteria no hablan únicamente de economía. Hablan de algo más profundo: de una sociedad que comienza a perder confianza en que el esfuerzo individual y colectivo pueda traducirse en un mañana mejor. Ese tránsito, casi imperceptible, puede transformar el malestar en resignación. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué emoción viene después?

Ese cambio de estado emocional debería preocupar a toda la dirigencia. A la política, porque gobernar no consiste únicamente en administrar indicadores, sino también en construir confianza. En ese ámbito, el Gobierno mantiene una deuda con su promesa de campaña. Al mundo empresarial, porque ninguna economía prospera cuando el futuro deja de percibirse como una oportunidad y comienza a experimentarse como una amenaza. A las universidades, porque formar profesionales también significa formar ciudadanos capaces de imaginar el porvenir. Y a los medios de comunicación, porque la agenda pública no solo refleja la realidad: también organiza aquello que una sociedad considera importante. La fragmentación del debate dificulta esa tarea. Resulta ilustrativo que una noticia tan relevante como la incorporación de todos los tipos de cáncer al sistema GES apenas lograra instalarse en la conversación pública. Difícil encontrar una mejor demostración del impacto que tiene —o deja de tener— una buena comunicación gubernamental.
En ese contexto, las reformas económicas, laborales o sociales enfrentan un desafío que trasciende su contenido. Ninguna transformación de largo alcance puede consolidarse únicamente por su viabilidad técnica o por su aprobación legislativa. También necesita legitimidad social. Cuando una ciudadanía percibe que el futuro será peor, el debate deja de centrarse en el propósito de las reformas y se desplaza hacia la incertidumbre que generan. El problema ya no es solo qué cambia, sino si todavía existe confianza suficiente para creer que ese cambio mejorará efectivamente la vida de las personas.
Si durante la última década el malestar domina el estado de ánimo del país y hoy comienzan a aparecer señales de resignación, la pregunta inevitable es cuál será la emoción que viene después. Tal vez el diván de un psiquiatra tenga mejores herramientas para responder que una encuesta. Porque cuando una persona deja de creer que las cosas pueden mejorar, la resignación rara vez constituye el punto final. Cuando ese tránsito deja de ser individual y comienza a expresarse colectivamente, el problema deja de pertenecer exclusivamente a la economía o a la política. Se convierte en un problema cultural. En ese escenario, las Humanidades, las Artes y las Ciencias Sociales adquieren un valor estratégico para comprender estas subjetividades.
Quizás por eso muchos buscan hoy otros lugares para comprender el país. Conversaciones largas en formato podcast, espacios donde todavía existe tiempo para argumentar antes de reaccionar. Sin Llorar, Descabelladas, 32 Minutos, Hablemos a las 12, Animales Políticos, Radar de Ciber, La Jungla o Yuly, junto a los espacios de Copano, Eduardo Caroe, Pedro Ruminot y Felipe Avello, muestran que aún existen formatos que privilegian la conversación por sobre la reacción inmediata. Frente a la velocidad del algoritmo, el podcast recupera algo que escasea en la esfera pública: contexto, pausa e interpretación. Incluso el humor y la sátira vuelven a cumplir una función clásica: ayudar a comprender la sociedad cuando la política parece incapaz de explicarla.
Y quizás tampoco sea casual que el cine vuelva una y otra vez sobre los grandes relatos. Spider-Man ya no representa al adolescente fascinado por descubrir sus poderes, sino al héroe que comprende que toda decisión tiene consecuencias. La Odisea, que regresa a la pantalla de la mano de Christopher Nolan, narra que ninguna travesía tiene sentido sin un horizonte. Algo semejante ocurre con Duna, cuya nueva entrega llegará a fines de este año: las grandes historias siguen interrogándonos sobre el poder, el destino y la esperanza.
Tal vez esa sea hoy la conversación más importante con una pregunta clásica:
¿Cuál es el horizonte común en Chile?
Porque una sociedad comienza a correr un verdadero riesgo cuando deja de imaginar un futuro compartido. Las cifras de Cadem, Data Influye, Pulso Ciudadano y Criteria no hablan solamente de economía. Hablan de esperanza. Y cuando una sociedad comienza a perder la esperanza, el desafío deja de ser únicamente político o económico.
Se convierte en un desafío profundamente humano. Quizás esa sea la noticia más importante de las últimas semanas. Y, paradójicamente, la única que el enjambre casi no alcanza a ver.

Angélica Pacheco Díaz
Periodista. Doctora en Comunicación Cultural e Identidad. Magíster en Ciencias Políticas.
Escrito por Francisco Marambio
Implementado por alejandrocosta.cl