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RITOQUE SÓNICA 002: JULIO PRESAS & CARLOS VÁSQUEZ SAVINA
Por Javier Ignacio Tobar
He notado que en Chile (al menos desde hace 15 o 20 años -en realidad desde el 2011-) la dialéctica dio un giro brusco; lo que he consolidado luego de mi paso por la Redacción, que ha sido un verdadero aprendizaje.
Hay dos fórmulas pequeñas, casi domésticas, que revelan una zona profunda de nuestra manera de discutir: “pero si es que yo…” y “es que tú…”.
Ambas parecen «frases de paso», recursos espontáneos de una conversación común; sin embargo, cuando se miran con atención, muestran una estructura defensiva muy poderosa. La primera intenta justificar la propia conducta antes de examinarla. La segunda desplaza el problema hacia la conducta del otro. Unidas, forman un círculo perfecto de evasión: “pero si es que yo…” busca absolverme; “es que tú…” busca inculparte.
En esa combinación se pierde el diálogo.
La persona ya no responde a lo que se le dice, sino que organiza una defensa de sí misma. No escucha la crítica como una posibilidad de comprensión, sino como una amenaza a su imagen moral. Por eso, en vez de detenerse y preguntar qué parte de verdad hay en la observación recibida, se refugia en una explicación personal: “pero si es que yo no quise”, “pero si es que yo también”, “pero si es que yo lo hice porque…”.
La frase parece razonable, pero muchas veces no busca razonar; busca impedir que la crítica entre.
Luego aparece la segunda fórmula: “es que tú…”. Allí la conversación cambia de eje. Ya no se trata de lo que yo hice, dije u omití, sino de lo que tú hiciste antes, de lo que tú provocaste, de lo que tú no entendiste o de lo que tú también cometiste. La palabra deja de mirar hacia adentro y se lanza hacia afuera. El diálogo se transforma en una acusación cruzada. Cada uno deja de examinar su propia conducta y comienza a levantar un expediente moral contra el otro.
Así, el “pero si es que yo…” y el “es que tú…” funcionan como dos movimientos de una misma lógica: primero me justifico; luego te responsabilizo. Primero reduzco mi falta; luego agrando la tuya. Primero explico mi conducta como si bastara con tener una razón; luego convierto tu conducta en la causa de mi actuación. El resultado es una conversación cerrada, circular y estéril, donde nadie aprende nada, porque nadie está realmente dispuesto a ser interpelado.
Lo más grave es que esta forma de hablar se parece a la argumentación, pero no lo es.

La dialéctica, entendida como el arte de discutir, argumentar o razonar, exige confrontar ideas, revisar sentidos y acercarse a una verdad compartida a través de las palabras. En cambio, estas fórmulas no buscan verdad, sino defensa. No ordenan el pensamiento; lo protegen. No abren una comprensión común; administran culpas. Por eso no pertenecen propiamente al campo del diálogo, sino al de la competencia moral.
Cuando alguien responde “pero si es que yo…” está diciendo, en el fondo, “no me juzgues todavía, porque tengo una explicación”. Y cuando agrega “es que tú…”, está diciendo algo más duro: “mi explicación eres tú”. Ahí aparece el núcleo destructivo de esta lógica. El otro deja de ser interlocutor y se convierte en causa, excusa o culpable. La conversación deja de ser un espacio de encuentro y se transforma en una lucha por demostrar quién tiene menos responsabilidad.
Esta dinámica es especialmente dañina porque impide una frase mucho más difícil y mucho más humana: “tienes razón en algo”. Esa frase exige humildad. Exige soportar, aunque sea por un instante, la incomodidad de no defenderse. Exige aceptar que una crítica puede ser injusta -en parte- y exagerada, torpe en su forma, y aun así contener una verdad que conviene escuchar. Pero el “pero si es que yo…” y el “es que tú…” impiden precisamente ese momento. Llegan demasiado rápido. Ocupan todo el espacio. No dejan respirar al pensamiento.
Por eso, muchas conversaciones fracasan no por falta de inteligencia, sino por exceso de autodefensa. La persona tiene argumentos, recuerdos, ejemplos y explicaciones, pero no tiene disposición a escuchar. Sabe contestar, pero no sabe recibir. Sabe señalar la contradicción ajena, pero no sabe reconocer la propia. En ese ambiente, la palabra se vuelve una herramienta de imposición, no de encuentro. Cada frase busca ganar terreno, no comprender mejor.
Lo verdaderamente inusual, entonces, no es hablar bien, sino escuchar bien. No es tener una respuesta rápida, sino una pausa honesta. No es decir “pero si es que yo…” ni “es que tú…”, sino atreverse a decir: “entiendo lo que me estás diciendo”; “puedo haberme equivocado”; “déjame pensarlo”; “no lo vi así”; “tal vez mi explicación no elimina el efecto de lo que hice”. Esas frases no debilitan a quien las pronuncia. Al contrario, lo elevan, porque muestran una forma superior de fortaleza: la capacidad de no convertir toda crítica en una guerra.
En conclusión, el “pero si es que yo…” y el “es que tú…” son dos caras de una misma forma de evasión.
Uno protege el yo; el otro acusa al tú. Juntos destruyen la posibilidad de una dialéctica auténtica, porque reemplazan la búsqueda de la verdad por una disputa de justificaciones superfluas y escondidas en la cobardía.
Frente a esa lógica, el verdadero diálogo exige humildad, escucha y responsabilidad. No se trata de renunciar a defenderse cuando corresponde, sino de no hacer de la defensa el primer movimiento del «alma». Porque donde todo comienza con una excusa y termina con una acusación, la palabra deja de servir a la verdad y empieza a servir al orgullo.
Mucho tiempo fui arrastrado a esa (no) forma nefasta y tan común de este país. Hoy, recuperando el vuelo, creo que es necesario -al menos por mi parte- volver a lo que fui en lo bueno, y enterrar para siempre lo malo, aunque rescatando, eso sí, el aprendizaje que de esas malas épocas (porque fueron varias) recogí. Todo con humildad de aprendiz.
Son formas, sólo FORMAS.
Nada más ni nada menos.
JAVIER TOBAR ES Abogado, Académico y Ensayista.
Escrito por Francisco Marambio
Implementado por alejandrocosta.cl