Columna y Opinión

¿QUÉ OCURRE CUANDO UNA SOCIEDAD PIERDE LA MEMORIA DE SU TERRITORIO?

todayjulio 23, 2026 9

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“El río tiene voz. Cuando crece o cuando baja. Nos habla porque es vida y memoria. Ahora parece que grita.”

Por Angélica Pacheco Dúaz.

La frase pertenece al documental Amazonas: La memoria del agua. La pronuncia un habitante que ha visto cómo el río más caudaloso del planeta disminuye lentamente bajo el peso de la intervención humana y el cambio climático. No habla únicamente de la Amazonía. Habla de una condición universal: los ríos tienen memoria.

El agua recuerda por dónde pasó. Recuerda antiguos cauces, humedales, esteros y quebradas. Conserva la huella del territorio incluso cuando el ser humano decide pavimentarlo, rellenarlo o simplemente olvidarlo en tiempos de sequía. Por eso, cuando un río se desborda o un humedal reaparece, se habla de una tragedia inesperada. Tal vez habría que nombrarla de otra manera. Son episodios de la memoria del territorio.

Mientras el Amazonas enfrenta una disminución silenciosa de sus aguas, otras regiones del mundo experimentan el fenómeno contrario. El Cono Sur alterna largos períodos de sequía con lluvias concentradas de enorme intensidad. Chile conoce bien esa paradoja. El país posee 1.251 ríos distribuidos en 101 cuencas hidrográficas, una de las redes fluviales más extensas de Sudamérica. A ello se suman miles de humedales continentales, costeros y altoandinos registrados en el Inventario Nacional de Humedales. Es un territorio modelado por el agua mucho antes que por las ciudades.

La Región de Valparaíso resume esa condición con extraordinaria claridad. Sus ríos, esteros, humedales y quebradas conforman una compleja red que conecta la cordillera con el océano. Las quebradas que recorren los cerros de Valparaíso, Viña del Mar, Quilpué o Villa Alemana no son accidentes geográficos secundarios: son parte de un sistema natural que durante siglos condujo el agua hacia el mar. Los humedales, por su parte, no son terrenos vacíos esperando urbanización. Son ecosistemas que almacenan, infiltran y regulan el agua, actuando como verdaderas esponjas naturales capaces de amortiguar crecidas y sostener biodiversidad.

Sin embargo, las ciudades suelen olvidar con mayor rapidez de lo que recuerda el agua.

La historia de Chile ofrece numerosas evidencias de ello. Los grandes desastres naturales no solo han dejado destrucción; también han impulsado transformaciones profundas en las políticas públicas. El terremoto que devastó Valparaíso en 1906 dio origen a un proceso de reconstrucción que modificó la ciudad, ensanchó calles, consolidó avenidas como Pedro Montt e impulsó una nueva forma de pensar la vivienda y la planificación urbana en el país. Durante buena parte del siglo XX, el desarrollo urbano se entendió desde la necesidad de articular crecimiento, seguridad y bien común.

Ese paradigma cambió profundamente con la Política Nacional de Desarrollo Urbano impulsada durante la dictadura, que instaló la idea de que el suelo podía expandirse prácticamente sin límites y que el mercado debía orientar buena parte del crecimiento de las ciudades. Con el tiempo, muchos territorios comenzaron a urbanizarse sin considerar plenamente la memoria geográfica de quebradas, humedales y cauces.

La historia, sin embargo, nunca permanece inmóvil. Las sucesivas catástrofes han obligado una y otra vez a revisar decisiones, fortalecer normas y replantear la relación entre ciudad y naturaleza. Los habitantes de los cerros de Valparaíso conocen bien ese aprendizaje. Después del megaincendio de 2014 surgieron nuevas formas de organización comunitaria, zonas de seguridad, parque urbano, canchas, espacios de encuentro y procesos de planificación liderados por el Estado para reducir los riesgos futuros. Cada desastre deja una enseñanza institucional. El problema comienza cuando esa memoria se debilita.

La memoria del agua termina siendo también la memoria de las políticas públicas.

No porque el Estado pueda impedir que ocurran terremotos, incendios o inundaciones, sino porque representa la capacidad de una sociedad para aprender de ellos. Las normas de construcción, los planes reguladores, los sistemas de emergencia, las políticas habitacionales y los instrumentos de planificación no nacieron de abstracciones administrativas. Surgieron como respuesta a experiencias concretas de dolor colectivo.

Por eso, cuando el debate público vuelve a instalar la necesidad de reducir el Estado como si se tratara únicamente de un problema de tamaño o eficiencia, conviene mirar la historia. Es precisamente en los momentos de mayor vulnerabilidad cuando se vuelve evidente la importancia de instituciones capaces de planificar, coordinar, reconstruir e innovar para proteger la vida de las personas y el territorio que habitan. Porque la desigualdad también se expresa en el barrio. Un mismo temporal, un mismo incendio o una misma inundación nunca afectan por igual a quienes viven en condiciones profundamente distintas.

El agua nunca deja de hablar.

Los ríos siguen diciendo por dónde quieren correr. Los humedales continúan cumpliendo la función para la que existen. Las quebradas siguen buscando el mar, aunque se cubran con cemento o se llenen de escombros.

Los desastres que vivimos no siempre son consecuencia de una naturaleza impredecible. Muchas veces son el resultado de una memoria que se debilita, de ciudades que olvidan su geografía y de decisiones que dejan de escuchar aquello que el territorio viene diciendo desde hace siglos.

El río del documental tenía razón. Ya no parece hablar.

Parece gritar.

Y quizá no sea porque el agua haya cambiado, sino porque nosotros hemos olvidado escucharla.

Angélica Pacheco Díaz
Periodista. Doctora en Comunicación Cultural e Identidad. Magíster en Ciencias Políticas.

Escrito por Francisco Marambio

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