Columna y Opinión

AL ESCENARIO DE LA OTREDAD

todayjunio 22, 2026 14

Fondo
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Cuando se encienden las luces, retornan preguntas que nunca terminaron de irse.

Por Angélica Pacheco Díaz

Los invasores de Egon Wolff ha vuelto a escena con Paulina Urrutia encabezando un montaje que confirma una sospecha habitual de los grandes clásicos: no envejecen, cambian de interlocutor. Cada época encuentra en ellos preguntas distintas. Cada generación descubre en sus personajes una inquietud que creía propia. Esta vez bajo la dirección de Marcelo Leonart.

Escrita hace más de seis décadas, la obra parece dialogar con una actualidad que no le pertenece y que, sin embargo, reconoce. Wolff construyó una pieza atravesada por la culpa, el miedo y la rabia; emociones que recorren una sociedad marcada por desigualdades persistentes, donde grupos humanos habitan el mismo espacio y, aun así, transitan por universos paralelos.

Se trata de esa brecha invisible donde el reconocimiento se debilita y prosperan los prejuicios. Donde desaparece la conversación y surgen las caricaturas. El instante preciso en que la otredad comienza a convertirse en una categoría.

Lucas Meyer parece enfrentar una amenaza exterior. Sin embargo, la obra avanza precisamente en sentido contrario. Aquello que desestabiliza su mundo nunca estuvo afuera. Permanecía en los márgenes de su mirada, esperando el momento en que resultara imposible seguir ignorándolo. Los llamados invasores comparten su ciudad, su tiempo y su historia. La distancia que los separa no es sólo geográfica. Es moral. Es simbólica.

No deja de ser significativo que el teatro haya sido, desde la Grecia antigua, uno de los espacios privilegiados de la polis. Sobre el escenario una sociedad observaba sus conflictos, examinaba sus valores y sometía a prueba sus certezas. El teatro no entregaba soluciones. Exponía contradicciones y obligaba a tomar posición frente a ellas.

La deliberación democrática comparte esa misma vocación. Y cuando las luces se apagan en el teatro, otras luces permanecen encendidas en el Congreso Nacional.

La Comisión de Seguridad Ciudadana de la Cámara de Diputados inició la discusión del proyecto del Ejecutivo que crea el Registro Nacional de Actos Vandálicos e Incivilidades (Boletín N.º 18.341-25), ingresado mediante mensaje presidencial y actualmente en primer trámite constitucional.

La iniciativa propone un registro estatal para personas condenadas o sancionadas por conductas agrupadas bajo las categorías de vandalismo e incivilidad. Bajo esa denominación conviven delitos graves —incendios, daños a infraestructura pública, agresiones a autoridades o tráfico de drogas— junto a conductas como la evasión del transporte público, el consumo de alcohol en espacios públicos, la elaboración de alimentos sin autorización o la organización de loterías no autorizadas. La sanción, perder derechos sociales tales como gratuidad en la educación, PGU o subsidios de arriendo, entre otros.

La discusión pública ya comenzó. El proyecto seguirá su curso legislativo. Habrá audiencias, informes, argumentos y votaciones. Y dado que las convicciones suelen llegar antes que las preguntas, resulta en estos momentos un imperativo retomar las preguntas como dispositivos.

¿Estamos conversando sobre convivencia o clasificando conductas?

No resulta casual que la palabra Parlamento provenga del verbo parlamentar. Antes de designar una institución, remitía a una práctica: discutir públicamente aquello que divide. Habermas situó esta cuestión en la ética del discurso. Una norma no adquiere legitimidad únicamente porque una mayoría la apruebe. Su validez depende de la capacidad de justificarla racionalmente ante quienes resultarán afectados por ella. La legitimidad no depende únicamente de quién decide. Depende también de la calidad de las razones que sostienen esa decisión.

La observación es relevante porque toda ley clasifica. Toda ley establece distinciones. Toda ley define aquello que considera digno de protección y aquello que identifica como amenaza. Sin embargo, una democracia madura debe preguntarse permanentemente si esas categorías ayudan a comprender un problema o si terminan sustituyendo su comprensión.

Porque una cosa es describir un fenómeno. Otra muy distinta es reducirlo a una etiqueta.

¿Cuándo el orden se transforma en control?

Michel Foucault observó que las sociedades modernas no gobiernan únicamente mediante leyes o castigos. También lo hacen mediante registros, clasificaciones y sistemas de observación capaces de transformar conductas en objetos de conocimiento y administración.

Desde esa perspectiva, un registro constituye algo más que una herramienta administrativa. Es una forma de observación institucionalizada. El riesgo que Foucault identifica no es únicamente el castigo. Es la expansión progresiva de mecanismos capaces de registrar, clasificar y hacer visible aquello que una sociedad considera problemático.

Asimismo, Durkheim observó que las sociedades enfrentan el debilitamiento de los marcos normativos que permiten la convivencia. Llamó anomia a aquellos momentos en que los vínculos y referencias compartidas comienzan a erosionarse. No es simplemente la ausencia de normas. Es la fragilidad del tejido social producto del individualismo.

Por eso toda democracia enfrenta simultáneamente dos desafíos. Necesita instituciones capaces de proteger la convivencia. Pero también debe preguntarse por los límites de los mecanismos de clasificación y control.

¿Qué ocurre cuando el Estado pierde capacidad para garantizar normas compartidas? ¿Y qué ocurre cuando la respuesta a ese debilitamiento se expresa principalmente mediante registros, identificación y vigilancia?

Entre ambas preguntas transcurre buena parte de la política moderna.

¿Quién se convierte en el otro de la ciudad?

Las ciudades son sistemas de reconocimiento. Jacobs observó que la seguridad urbana depende tanto de las normas formales como de las relaciones cotidianas de confianza. Simmel advirtió que la metrópolis multiplica los encuentros mientras profundiza las distancias sociales. Sennett sostuvo que la ciudad democrática no consiste en eliminar las diferencias, sino en aprender a convivir con ellas.

La ciudad distribuye espacios, pero también distribuye oportunidades. Las desigualdades dejan de ser estadísticas. Se transforman en barrios desconectados, trayectorias educativas distintas, accesos diferenciados a la salud, la cultura o el transporte. La ciudad hace visible aquello que las cifras suelen ocultar. Y es precisamente allí donde la anomia adquiere una dimensión territorial.

No surge únicamente cuando las normas pierden fuerza. También aparece cuando las promesas de integración dejan de encontrar una expresión tangible en la vida cotidiana. Cuando amplios grupos perciben que forman parte de la ciudad, pero no participan de sus beneficios en igualdad de condiciones. Es decir, la desigualdad prolongada erosiona la confianza. Debilita los espacios de reconocimiento. Y abre paso a la fragmentación.

Quizás esa sea una de las intuiciones más profundas de Los invasores. Los personajes habitan una misma ciudad. Pero no comparten la misma experiencia de ella. Lo que separa a Meyer de los invasores no es una frontera física. Es una frontera social convertida en frontera moral. Y cuando esas fronteras se consolidan aparece la producción del otro urbano.

El invasor.

El marginal.

El peligroso.

El incivil.

El vándalo.

Tampoco es la primera vez que Chile intenta responder problemas de convivencia mediante registros. En 1823, la Constitución Moralista de Juan Egaña imaginó una república capaz de encauzar las conductas de sus ciudadanos. La experiencia resultó impracticable. La vida social terminó siendo más compleja que cualquier arquitectura normativa destinada a observarla por completo.

Dos siglos después, se vuelve a debatir una pregunta que nunca termina de desaparecer: cómo construir orden sin simplificar la complejidad de la vida colectiva. Durkheim advirtió sobre los riesgos de la anomia. Foucault sobre los alcances de la vigilancia. Habermas sobre las condiciones de legitimidad democrática. Wolff dejó una advertencia adicional: los invasores nunca llegaron desde afuera. Siempre estuvieron allí. Lo que cambió fue la mirada.

Quizás por eso la cuestión de fondo no sea únicamente cómo enfrentamos las incivilidades sino qué vemos cuando nombramos el desorden. Porque los invasores nunca llegaron desde afuera.

Lo que cambió fue la distancia desde la que decidimos mirarlos.

Angélica Pacheco Díaz
Periodista. Doctora en Comunicación Cultural e Identidad. Magíster en Ciencias Políticas.

Escrito por Francisco Marambio

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