Columna y Opinión

NUESTRO ULISES DE MOCHILA

todayjunio 9, 2026 14

Fondo
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Por Angélica Pacheco Díaz

Son las siete de la mañana.

Es el punto de partida de nuestro héroe o heroína.

No tiene capa, espada ni destino legendario. Tampoco cámaras que registren su recorrido ni asesores que transformen su historia en un relato épico.

Puede ser una estudiante o un estudiante secundario de Valparaíso.

Sale de su casa cuando la ciudad todavía bosteza entre la niebla del puerto y las luces encendidas en algunos cerros. El frío acompaña sus pasos mientras desciende por escaleras, pasajes y calles empinadas hacia un paradero que existe más por costumbre que por planificación urbana.

La primera prueba consiste en esperar.

Esperar que aparezca una micro.

Esperar que no venga llena.

Esperar que el tránsito permita avanzar.

Desde las alturas de los cerros, donde el transporte suele ser escaso y costoso, descienden cientos de pasajeros que comparten la misma travesía. Trabajadores, estudiantes, mayores y madres con niños pequeños observan la ruta con la atención de antiguos navegantes que intentan descifrar el comportamiento del mar.

No lo sabe.

Pero ya ha comenzado una odisea.

Hace casi tres mil años, Homero escribió la historia de otro viajero. Odiseo (Ulises) intentaba regresar a Ítaca después de la guerra de Troya. Diez años de combate y otros diez de viaje separaban al héroe de su hogar. Monstruos, tormentas, hechiceras y dioses caprichosos aparecían constantemente en su camino.

Y es que la grandeza de la Odisea no radica solo en esos elementos fantásticos. Su permanencia se explica porque logró capturar una estructura narrativa profundamente humana: partir, enfrentar obstáculos, transformarse y regresar.

Quizás por eso seguimos leyendo el poema de Homero.

Porque sus monstruos continúan entre nosotros.

Han cambiado de nombre, pero no de función.

Odiseo navegaba por el Mediterráneo. Nuestro estudiante navega por ciudades congestionadas, sistemas de transporte precarios y flujos permanentes de información. Su travesía ocurre simultáneamente en dos mundos: el físico y el digital.

Mientras espera una micro, una segunda ruta se despliega en la pantalla de su teléfono. Aparecen nuevas promesas, riesgos y territorios. No es casual que el Congreso debata restricciones al acceso de menores a determinadas plataformas digitales. Las preocupaciones son legítimas: algoritmos diseñados para capturar atención, ciberacoso, desinformación y problemas de salud mental forman parte de estos desafíos. Monstruos contemporáneos.

Sin embargo, existe una paradoja difícil de ignorar.

Mientras los adultos debaten públicamente sobre los riesgos del espacio digital, mucho menos se discute sobre las incertidumbres que los jóvenes enfrentan diariamente en la ciudad, en su derecho a habitar la polis y participar de la vida común.

La ciudad sigue siendo una escuela involuntaria.

Allí aprenden desigualdad territorial, cultural y económica; tiempos de espera, inseguridad, frustración, prejuicios por estilos de ropa, aretes y colores de pelo.  Descubren que el acceso a oportunidades depende muchas veces de factores tan básicos como la existencia de transporte, conectividad o infraestructura adecuada. También heredan una cultura de la confrontación construida por el mundo adulto. Observan cómo la diferencia se transforma en sospecha, cómo el desacuerdo deriva en descalificación y cómo la exclusión termina normalizándose en discursos políticos, redes sociales y medios de comunicación. Aprenden así que la violencia no siempre adopta la forma del golpe: muchas veces se expresa mediante el desprecio, el estigma o la negación del otro.

Esta disonancia es una manifestación moderna de la antigua hybris griega.

La soberbia de quienes creen comprender la realidad desde oficinas, diagnósticos y discursos mientras ignoran el viaje cotidiano de quienes habitan el territorio. La tragedia clásica enseñaba que toda hybris termina enfrentándose a la realidad. Ningún relato político logra modificar por sí solo la experiencia de quien espera una micro bajo la lluvia, llega tarde por falta de locomoción o carga silenciosamente con el agotamiento de una comunidad educativa que también acusa señales de desgaste.

En la Odisea los antagonistas tenían nombres claros: Polifemo, Circe, las Sirenas o Poseidón.

La vida contemporánea es más compleja.

Los antagonistas suelen ser difusos.

La inflación que convierte el fin de mes en una prueba de resistencia.

La inseguridad laboral que atraviesa a los hogares.

La ansiedad de una generación educada bajo la promesa de un futuro incierto.

La sobreinformación que dificulta distinguir entre hechos, opiniones y propaganda.

Y una política que parece haber transformado al adversario en enemigo permanente.

Toda narrativa necesita tensión. Todo héroe necesita obstáculos. El problema aparece cuando una sociedad convierte la diferencia en una amenaza constante.

La polarización opera hoy como una maquinaria narrativa extraordinariamente eficiente. Cada sector necesita antagonistas para sostener su propio relato. El culpable siempre parece encontrarse al otro lado. Los nombres cambian, pero la lógica permanece: construir enemigos resulta más sencillo que enfrentar problemas complejos.

Mientras las élites disputan relatos, los jóvenes continúan atravesando ciudades reales.

Llegan tarde.

Pierden clases.

Esperan locomoción.

Enfrentan incertidumbres.

Y aprenden tempranamente que la vida pública no es una abstracción académica, sino una experiencia cotidiana.

La Odisea enseña que toda travesía posee una prueba decisiva: la cueva más profunda, el momento donde el héroe descubre quién es realmente.

Tal vez esa sea hoy la adolescencia.

Una etapa donde la familia, la escuela, las redes sociales, los medios, los partidos políticos y los algoritmos intentan definir identidades, conductas y expectativas.

Nunca una generación había recibido tantas instrucciones simultáneamente sobre cómo vivir.

Y nunca había dispuesto de tan pocas certezas sobre el futuro.

Sin embargo, toda odisea necesita una Ítaca.

Necesita una razón para seguir avanzando.

En el poema de Homero esa razón tiene nombre: Penélope. Más que un símbolo de fidelidad, representa la esperanza. La convicción de que existe un lugar al cual regresar y un horizonte capaz de otorgar sentido al esfuerzo.

La pregunta de fondo sigue siendo la misma:

¿Será nuestra Ítaca la construcción de un país más equitativo y justo?

¿O seguiremos atrapados en el naufragio de nuestras propias divisiones?

Mirando el horizonte del puerto, entre la niebla y el ruido de la contingencia, vale la pena detenerse un instante y observar al estudiante que camina a nuestro lado.

Dime, Ulises de mochila:

¿cuál es hoy tu Ítaca?

Porque cuando desaparece la esperanza del regreso, el viaje deja de ser una aventura transformadora para convertirse simplemente en cansancio, desesperanza, anomia.

Al finalizar la jornada volverá a subir una micro. Regresará por las mismas calles, las mismas escaleras y los mismos pasajes por los que descendió horas antes.

Aparentemente habrá recorrido el mismo camino. Pero la Odisea enseña que ningún viajero regresa siendo exactamente la misma persona. Quizás por eso el poema de Homero continúa hablándonos después de tres mil años.

Porque no trata realmente sobre héroes extraordinarios.

Trata sobre personas comunes intentando llegar.

Llegar a tiempo.

Llegar a comprender.

Llegar a fin de mes.

Llegar a la adultez.

Llegar a construir una vida digna.

Y porque nuestros héroes contemporáneos ya no navegan entre cíclopes y sirenas.

Viajan en micro, cargan mochilas y cruzan la polis que todavía no ha decidido si quiere acompañarles en el viaje o seguir poniéndolos a prueba.

Después de todo, ninguna sociedad debería aspirar a convertirse en el antagonista de sus propios héroes.

Angélica Pacheco Díaz
Periodista. Doctora en Comunicación Cultural e Identidad. Magíster en Ciencias Políticas.

Escrito por Francisco Marambio

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