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RITOQUE SÓNICA 002: JULIO PRESAS & CARLOS VÁSQUEZ SAVINA
Por Angélica Pacheco Díaz
Se ha escrito y dicho prácticamente todo respecto al cambio de gabinete. La agenda pública ha girado en torno a opiniones de múltiples actores en medios de comunicación, plataformas digitales y señal abierta. La velocidad de la información determina que una semana se transforme rápidamente en pasado; muchas veces, la pérdida de actualidad ocurre incluso dentro del mismo día. En este escenario, la agenda pública parece operar como un síndrome vertiginoso, sin respiro ni pausa, donde distintos actores disputan el control del relato ante una opinión pública cada vez más fragmentada y expuesta a la confusión entre intereses individuales y comunes.
En este contexto de cultura digital acelerada, la serenidad aparece como una práctica urgente de pensamiento: una provocación necesaria para observar reflexivamente la contingencia a días de la cuenta pública presidencial.
En sociedades atravesadas por la incertidumbre, los gobiernos necesitan construir marcos simbólicos capaces de ordenar el caos. No es casual que la comunicación política adopte estructuras propias del viaje del héroe descrito por Joseph Campbell: una comunidad amenazada, un enemigo identificable y un líder que cruza el umbral prometiendo restaurar el orden perdido. La política deja de explicarse exclusivamente mediante programas o ideologías y comienza a narrarse como una experiencia emocional.
Se trata de la era de la política-espectáculo descrita por Guy Debord, Zygmunt Bauman y Gilles Lipovetsky; un imaginario que ya no se organiza desde la racionalidad institucional, sino desde la seducción. El poder no solo administra: también necesita gustar, emocionar y producir identificación afectiva. La ciudadanía deja de ser interpelada únicamente como sujeto político y pasa a ser consumidora de experiencias discursivas distribuidas a la velocidad del scroll. Sin embargo, cuando la acción pública se desplaza excesivamente hacia la lógica del espectáculo y la emocionalidad, corre el riesgo de transformarse en frivolidad política, debilitando la identificación ciudadana. Allí existe, probablemente, otra discusión pendiente.
Esta lógica del storytelling político reemplaza progresivamente a la deliberación pública. Lo central ya no es únicamente resolver problemas, sino interpretarlos emocionalmente. La seguridad deja de ser solo una política pública y se transforma en una narrativa de protección; el orden, en una promesa afectiva; y el liderazgo, en una representación heroica frente al caos.

Sin embargo, este esquema permanece tensionado entre la lógica de campaña y las exigencias propias de la comunicación gubernamental. Mantener de forma permanente una narrativa de emergencia contiene una fragilidad estructural. Como advierte Gilles Lipovetsky, cuando la política se organiza exclusivamente desde la seducción emocional corre el riesgo de vaciarse de contenido y transformarse en espectáculo permanente. La hiperpolitización afectiva convive, paradójicamente, con la superficialidad del debate público. Todo debe impactar, conmover o viralizarse; poco logra sedimentar políticamente.
El riesgo, entonces, es que la comunicación y argumentación política termine reducida a un ejercicio de impacto constante, donde la forma desplaza progresivamente al contenido y erosiona, finalmente, la gobernabilidad. La sobreproducción permanente de agenda —lo que Steve Bannon definió como “flood the zone” o inundar el espacio informativo— termina muchas veces erosionando a la institucionalidad. Cuando todo se comunica como crisis, conflicto o urgencia, la saturación informativa diluye prioridades, desgasta la credibilidad y dificulta construir un horizonte político reconocible.
Y es precisamente esa tensión entre comunicación política, construcción narrativa y expectativas de gobernabilidad la que hoy representa un desafío transversal para las democracias contemporáneas. Lo observable en distintos gobiernos latinoamericanos evidencia las dificultades para sostener narrativas de emergencia sin afectar posteriormente la capacidad de conducción política.
Angélica Pacheco Díaz es
Periodista, doctora en Comunicación Cultural e Identidad y Magíster en Ciencias Políticas.
Escrito por Francisco Marambio
Implementado por alejandrocosta.cl