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RITOQUE SÓNICA 002: JULIO PRESAS & CARLOS VÁSQUEZ SAVINA
Una Columna de Javier Tobar.
Un conflicto geopolítico en Medio Oriente puede empujar al alza el precio del petróleo y, en una economía importadora de energía como la chilena, ese shock externo termina presionando la inflación. El alza del crudo ya estaba encareciendo los combustibles en Chile, complicando la trayectoria de la inflación durante el año 2026.
Hoy ese diagnóstico sigue siendo plausible, aunque con una precisión importante: el mercado petrolero está extremadamente sensible por la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán y por las interrupciones en torno al Estrecho de Ormuz, una vía por donde pasa cerca de una quinta parte del comercio mundial de petróleo. La agencia Reuters informó el 12 y 13 de abril pasado que el Brent (una de las formas de determinar el precio del combustible fósil) se movía en torno a los 99 dólares por barril, con episodios de fuerte volatilidad por señales militares y diplomáticas contradictorias. El precio exacto del Brent cambia día a día porque el mercado reacciona de inmediato a cualquier noticia sobre escalada o distensión en la guerra.
La relación entre la geopolítica y el petróleo es bastante simple de entender. Cuando hay guerra o riesgo de cierre de rutas estratégicas (como Ormuz), el mercado teme que falte oferta. Aunque esa escasez no se haya materializado del todo, los compradores se adelantan, suben los contratos futuros y el precio internacional aumenta. En este caso, el temor principal ha sido una reducción relevante del flujo de crudo desde el Golfo Pérsico. La misma Reuters reportó pérdidas físicas de oferta del orden de 10 millones de barriles diarios en marzo, y al mismo tiempo la OPEP solo acordó un aumento muy acotado de 206 mil barriles diarios, claramente insuficiente para compensar un shock de esa magnitud.

Chile recibe ese golpe por varias vías a la vez.
La primera es el precio de los combustibles. Como el país depende en parte de importaciones de combustibles o de insumos valorizados a precios internacionales, cuando sube el Brent lo hace también el costo de internación. Luego se agregan el impuesto específico, el IVA y los márgenes de distribución. De esta manera, el traspaso no es instantáneo, sino progresivo. Además, el MEPCO suaviza las variaciones, pero no puede anular un shock externo grande y persistente, porque opera ajustando el componente variable del impuesto específico a los combustibles.
La segunda vía es la inflación. El petróleo no solo encarece la bencina que paga el consumidor. También sube el diésel, y eso encarece el transporte, la logística, la distribución y la producción. Por esa razón, el impacto no se limita al auto particular, y termina tocando alimentos, bienes de consumo, pasajes y servicios. El Banco Central ha explicado reiteradamente que la inflación chilena responde tanto a factores internos como a shocks de costos importados, entre ellos el tipo de cambio y el petróleo. Su meta sigue siendo en anhelado 3% anual, pero reconoce que el escenario externo puede alterar el ritmo de convergencia.
Aquí aparece el asunto más delicado para Chile.
Antes de este deterioro externo, la inflación había bajado a 2,4% en el mes de febrero de 2026, algo que el propio Banco Central confirmó en su Informe de Política Monetaria (IPoM) de marzo pasado. Eso abría espacio para pensar en nuevas bajas de la Tasa de Política Monetaria (TPM). Sin embargo, el Banco Central decidió en su reunión del 24 de marzo de 2026 mantener la tasa en 4,5% y subrayó que la guerra en Medio Oriente había aumentado de manera importante la incertidumbre sobre la economía mundial. En otras palabras, cuando sube el petróleo por razones geopolíticas, el Banco Central enfrenta un problema incómodo: la inflación sube, pero no porque la economía chilena esté sobrecalentada, sino porque llegó un shock externo de oferta.
Eso tiene una consecuencia práctica muy clara. Si la inflación sube por petróleo, el Banco Central no siempre puede responder bajando tasas para aliviar la actividad, porque correría el riesgo de validar una inflación más alta por más tiempo. Pero tampoco una tasa muy dura resuelve el origen del problema, ya que no puede abrir el Estrecho de Ormuz ni abaratar el barril. Por eso, en escenarios como este, lo más probable no suele ser una reacción brusca, sino una postura más cauta: o sea pausar recortes, observar cuánto se transmite el shock a precios internos y vigilar que no se desanclen las expectativas de inflación. Ese enfoque coincide con el tono del IPoM de marzo de 2026, que dejó explícito que la TPM se evaluará reunión a reunión. Volatibilidad pura.
Para Chile, además, el efecto del petróleo casi nunca viene solo. Se combina con el dólar. Si al mismo tiempo el peso chileno se debilita frente a la moneda estadounidense, el impacto interno es mayor, porque el petróleo se transa internacionalmente en dólares. Por eso tu texto acierta cuando afirma que petróleo y dólar son dos variables externas decisivas para los precios locales. Si suben ambos al mismo tiempo, el efecto inflacionario se amplifica. Eso se traduce desde un alza en el precio de los transportes urbanos, pasando por las papas, los arriendos, los dividendos y las colegiaturas escolares.
La conclusión económica y geopolítica es directa.
El conflicto en Medio Oriente no afecta a Chile porque el país participe en esa guerra, sino porque altera uno de los precios más estratégicos del mundo. Cuando el petróleo sube por riesgo geopolítico, Chile paga más por energía y transporte, y cuando eso ocurre, el IPC deja de bajar con la velocidad esperada, y si la inflación deja de ceder, el Banco Central pierde margen para relajar su política monetaria. En términos sencillos, una guerra lejos del territorio chileno terminará encareciendo la vida diaria en el país y retrasando la normalización de las tasas de interés.
—Javier Ignacio Tobar Abogado. Académico. Columnista
Escrito por Francisco Marambio
Implementado por alejandrocosta.cl