Columna y Opinión

UNA MULTITUD CLAROSCURA

todayseptiembre 3, 2026 9

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Por Angélica Pacheco Díaz

Fernando Cerimedo volvió esta semana a la conversación pública chilena después de que la Fiscalía boliviana informara del hallazgo de equipos que la prensa describió como una mini granja de bots: una infraestructura capaz de operar múltiples cuentas de manera coordinada y multiplicar artificialmente voces, reacciones o mensajes en una pantalla.

Una infraestructura de esa naturaleza devuelve la pregunta a un lugar incómodo: siempre la decisión es humana. Producir artificialmente volumen, presencia o adhesión requiere organización y recursos. Cuando se hace deliberadamente, existe un propósito.

Mary Shelley tenía apenas veinte años cuando, en 1818, publicó Frankenstein o el moderno Prometeo. Víctor consigue aquello que parecía imposible: crear vida. Y justamente entonces comienza la tragedia. Contempla a la criatura que acaba de animar, retrocede horrorizado y la abandona. Fue capaz de crearla, pero no sabe qué hacer con ella.

Dos siglos de cultura popular hicieron algo curioso: terminaron dando al monstruo el nombre de su creador. Frankenstein es Víctor; la criatura ni siquiera tiene nombre. Tampoco nace siendo el monstruo que el imaginario posterior construyó. Era la víctima que buscaba simplemente ser reconocida.

La pregunta que Shelley dejó abierta es más perturbadora que la misma criatura: ¿cuál es el límite de la decisión humana?

El debate sobre el rol de Cerimedo tras la trama que se abrió en Bolivia ocupa por estos días un espacio en la conversación pública. Pero, en medio de tantas controversias abiertas a la vez, ¿cuánto sobrevivirá el tema?

Hace unos días Marta Lagos parafraseó a Antonio Gramsci para hablar del cambio de época que se atraviesa. El político italiano escribió sobre esos momentos en que un orden pierde su capacidad de organizar el mundo mientras otro todavía no consigue nacer. En ese interregno, decía, aparecen los más diversos fenómenos morbosos.

Las metáforas de monstruos y claroscuro vendrían después, adheridas con el tiempo a aquella formulación. Pero la imagen conserva una extraña precisión. Un cambio de época no ocurre cuando una realidad desaparece y otra ocupa su lugar. Durante un tiempo ambas conviven. Persisten instituciones, hábitos, lenguajes y certezas del mundo mientras emergen relaciones y formas de poder para las que todavía se buscan nombres. Tardíamente, quizás, reglas y límites.

Ese es el claroscuro: hay luz suficiente para advertir que las formas están cambiando, pero todavía no para reconocer con claridad aquello en lo que se están convirtiendo.

Ciertamente, el claroscuro cabe también en una pantalla.

Personas conversan junto a identidades anónimas. Contenidos producidos por humanos circulan junto a contenidos sintéticos. Una reacción espontánea puede convivir con otra programada; una conversación social, con una operación coordinada. Las señales ocupan la misma superficie aunque detrás de ellas existan naturalezas, decisiones e intereses completamente distintos.

La dificultad consiste en reconocerlas.

Dante conocía bien ese problema. Cuando Virgilio y él encuentran a Gerión en el Infierno, la criatura que representa el fraude tiene rostro de hombre justo. El resto de su cuerpo revela otra naturaleza. Para engañar, primero debe parecer confiable.

Una persona. Un troll. Un bot. Una cuenta automatizada. Presencias distintas pueden producir señales sorprendentemente semejantes.

Por eso dos palabras han adquirido un peso inesperado: “personas reales”. Hace no tanto habría parecido absurdo precisar que detrás de una voz, una reacción o una conversación había alguien. Hoy esa aclaración comienza a tener sentido.

Pero sería un error convertir nuevamente a la tecnología en el monstruo de esta historia. Un bot no decide qué conversación intervenir. Una infraestructura no elige qué idea amplificar. Una granja no determina por sí misma qué tendencia empujar. Antes de la máquina hay decisiones humanas: alguien organiza capacidades, destina recursos, define objetivos y espera resultados.

Una voz puede parecer multitud. Fabricar esa apariencia tiene un costo. La pregunta deja entonces de ser solamente quién habla. Importa también saber quién paga, quién obtiene algo de esa apariencia y qué ocurre cuando se decide creer en ella sin verificar su origen.

Una multitud artificial puede alterar la percepción de la sociedad. Puede generar la creencia que algo preocupa a todos, que una indignación es generalizada, que una controversia domina la conversación o que una posición constituye mayoría. Y lo fabricado puede comenzar a producir efectos sobre lo real interviniendo en aquello que una sociedad prioriza e incluso teme.

El problema adquiere otra gravedad cuando se levanta la mirada de la pantalla experimentando la vida cotidiana. El salario ¿alcanza o no alcanza? El empleo ¿se pierde o se conserva? La deuda vence. La cuenta se paga. Las cifras económicas de estos meses en el país abandonan las planillas y adquieren la forma concreta de decisiones que están afectando la existencia de las personas.

Mientras eso ocurre, la discusión pública puede desplazarse de una tendencia a otra, reaccionando ante señales y enfrentando multitudes cuya magnitud es desconocida. Lo estridente adquiere urgencia mientras procesos menos ruidosos transforman materialmente la vida. La distancia entre aquello que ocupa la conversación pública y aquello que preocupa en la experiencia cotidiana también puede ensancharse.

Ese contraste también pertenece al claroscuro.

Una granja de bots importa, entonces, mucho más allá de los bots. Pone frente a la comunidad la posibilidad de que alguien decida invertir recursos para producir señales destinadas a parecer sociedad. Y cuando se necesita comprender qué está ocurriendo para orientarse, la posibilidad de fabricar esas señales adquiere una gravedad particular.

Por eso el caso de Fernando Cerimedo importa también más allá de Fernando Cerimedo.

Se atraviesa un cambio de época mientras se intenta comprender las formas que está adquiriendo. Lo conocido todavía permanece; lo nuevo todavía no termina de definirse. En medio de ambos, resulta cada vez más difícil reconocer qué señales provienen de la sociedad y cuáles han sido producidas para parecerlo.

Mientras tanto, la vida real sigue ocurriendo.

Shelley, Dante y Gramsci escribieron desde mundos muy distintos a este momento. Ninguno conoció una granja de bots. Pero dejaron preguntas que permanecen: la responsabilidad sobre lo creado, el engaño de las apariencias y la dificultad de orientarse cuando las formas conocidas comienzan a cambiar.

Para eso también sirve la memoria histórica. No para decir qué viene, sino para ayudar a reconocer lo que, bajo formas nuevas, ya se ha visto antes.

La decisión de crear, engañar, creer o reconocer sigue siendo humana.

Angélica Pacheco Díaz
Periodista. Doctora en Comunicación Cultural e Identidad. Magíster en Ciencias Políticas

Escrito por Francisco Marambio

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