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RITOQUE SÓNICA 002: JULIO PRESAS & CARLOS VÁSQUEZ SAVINA
Una Columna de Javier Ignacio Tobar
Creo que la derecha radical sí existe como una corriente política propia de estos tiempos, y me parece un error tratarla como si fuera sólo una exageración verbal de la derecha tradicional o una simple repetición mecánica de los viejos autoritarismos.
A mi juicio, se trata de algo más específico. Es una respuesta política que surge cuando una parte importante de la sociedad comienza a sentir que la democracia liberal ya no protege, no ordena y no representa con eficacia. Desde ahí nace su fuerza. No avanza únicamente por la habilidad de ciertos líderes, sino porque logra conectar con miedos, cansancios y frustraciones reales.
Por eso, antes de juzgarla, prefiero distinguirla con claridad.
No toda derecha es radical.
Existe una derecha liberal o democrática que puede ser conservadora en valores y firme en materias de seguridad, pero que sigue aceptando los límites al poder, la legitimidad del adversario, la libertad de expresión y el valor de las instituciones. La derecha radical, en cambio, se mueve de otro modo. Tiende a combinar una idea intensa de identidad nacional, una demanda fuerte de orden y castigo, y una visión populista que divide la vida pública entre un pueblo supuestamente auténtico y unas élites descritas como ajenas, corruptas o traidoras.
Ahí está, me parece, su rasgo principal. No niega siempre la democracia electoral, pero sí mira con sospecha la democracia liberal entendida como freno, equilibrio y pluralismo.
Dicho de otro modo, la discusión de fondo no es sólo electoral, sino institucional y moral. Lo que esta corriente pone en cuestión no es únicamente quién gobierna, sino cómo debe gobernarse una comunidad política. Cuando la libertad, los derechos y los contrapesos empiezan a ser presentados como obstáculos para actuar con eficacia, la democracia deja de entenderse como un régimen de límites y garantías, y empieza a reducirse a una idea más desnuda de fuerza, mayoría y autoridad. En ese punto, la promesa de orden comienza a competir directamente con la promesa de libertad.

Los distintos liderazgos que hoy suelen asociarse a esta tendencia no son idénticos, y conviene decirlo con cuidado. Algunos expresan una versión más nacional-conservadora, otros una variante más plebiscitaria y emocional, otros una fórmula libertaria de confrontación total, y otros una política de seguridad llevada al extremo. Sin embargo, aunque sus estilos y doctrinas difieran, todos ellos pueden ser leídos como ejemplos de una misma sensibilidad política. Esa sensibilidad parte de una premisa común: la democracia liberal se habría vuelto débil, blanda o incapaz de proteger a la comunidad, y desde esa premisa construye una respuesta que casi siempre simplifica el conflicto político y ofrece soluciones más duras, más rápidas y menos preocupadas por los límites institucionales.
A mí me parece que ahí está la clave del problema.
La derecha radical toca “asuntos reales”. La inseguridad existe, la crisis de representación existe, la distancia entre élites y ciudadanía existe, y también la fatiga frente a un lenguaje público muchas veces técnico, vacío o incapaz de dar sentido. Sería ingenuo negar ese trasfondo. Pero precisamente porque esos problemas son reales, la respuesta importa todavía más. Y lo que observo es que esta corriente suele ofrecer una salida excesiva, porque promete recomponer el orden debilitando libertades, prometiendo cohesión a costa del pluralismo y transformando las garantías en un estorbo.
Por eso pienso que el crecimiento de esta derecha no debe analizarse sólo como un fenómeno ideológico, sino también como un síntoma. Cuando el Estado falla, cuando la economía se vuelve injusta o incierta, cuando la política deja de hablar un idioma comprensible y cuando amplios sectores sienten que nadie resguarda su vida cotidiana, aparece un vacío. Y la derecha radical entra en ese vacío con una oferta muy eficaz desde el punto de vista comunicacional: ofrece autoridad donde hay desorientación, identidad donde hay fragmentación y castigo donde hay miedo. Su potencia, entonces, no reside sólo en lo que propone, sino en la debilidad previa de quienes deberían haber resuelto mejor los problemas de la democracia.
Desde esa perspectiva, mi conclusión es clara.
La democracia sigue siendo superior, no porque sea perfecta, sino porque permite corregir errores sin destruir libertades, reemplazar Gobiernos sin violencia y limitar el poder sin dejar indefensas a las personas. A mi juicio, la respuesta seria frente a la derecha radical no consiste en negar los problemas que ella explota, sino en resolverlos mejor desde dentro de la propia democracia. Eso exige seguridad sin autoritarismo, autoridad con controles, cohesión sin exclusión, crecimiento con justicia y protección de las fronteras sin renunciar a la dignidad humana. Cuando una sociedad busca orden sacrificando libertad, tal vez gane fuerza en el corto plazo, pero comienza a perder aquello que hacía valiosa a su democracia. Y cuando una democracia pierde dignidad, empieza lentamente a vaciarse por dentro.
—Javier Ignacio Tobar Abogado. Académico. Columnista
Escrito por Francisco Marambio
Implementado por alejandrocosta.cl