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RITOQUE SÓNICA 002: JULIO PRESAS & CARLOS VÁSQUEZ SAVINA
A la memoria de Sabino.
Hay personas que terminan perteneciendo a una ciudad más que a sí mismas.
Las ciudades no solo están hechas de edificios, cerros y calles. También están hechas de las personas que las recorren hasta volverse inolvidables.
Sabino era una de ellas.
No hacía falta conocer su historia para reconocerlo. Bastaba recorrer el plan de Valparaíso. Caminaba rápido, siempre con una sonrisa, saludando a quienes se cruzaban en su camino. Con los años disminuyó el paso, pero nunca dejó de caminar. Era parte del paisaje cotidiano, de esos rostros que uno cree que estarán siempre.
Su muerte, trágica y violenta, ha conmovido a la ciudad.
Las circunstancias deberán ser esclarecidas por la investigación correspondiente. Pero hay algo que ya sabemos: Valparaíso perdió a uno de sus personajes más entrañables.
Las redes sociales comenzaron rápidamente a llenarse de fotografías. Cada imagen parecía pertenecer a una época distinta. Sin embargo, todas relataban la misma historia: la de un hombre que acompañó silenciosamente la vida cotidiana de varias generaciones de porteños.
Yo también lo recuerdo desde mis años escolares.
Entonces, la avenida Pedro Montt estaba llena de estudiantes provenientes de colegios públicos y privados. Las plazas eran lugares de encuentro y la ciudad todavía permitía esa convivencia cotidiana y diversa entre mundos distintos. En medio de ese ir y venir aparecía siempre Sabino, caminando con la misma determinación de quien parecía conocer cada rincón del puerto.
Con el tiempo cambiaron los estudiantes.
Cambió la ciudad.
Cambiaron los ritmos.
Pero Sabino siguió caminando.
Quizás por eso hoy duele tanto su partida.

Porque representa algo que lentamente hemos ido perdiendo: esa forma de habitar el espacio público donde una ciudad termina reconociéndose en personas que nunca ocuparon cargos importantes ni protagonizaron grandes titulares, pero que hicieron de la vida cotidiana una experiencia compartida.
Su muerte también nos enfrenta a otra realidad.
Valparaíso sigue siendo una ciudad donde caminar implica convivir diariamente con un transporte público que muchas veces transforma el desplazamiento en una experiencia de riesgo. Miles de porteños dependen de buses y colectivos para recorrer los cerros y el plan. Otros simplemente caminan. Todos compartimos las mismas calles.
El problema del transporte público no es una abstracción. Es parte del malestar cotidiano de quienes habitan esta ciudad. No hay poesía en esperar una micro que no llega, en los recorridos insuficientes o en la incertidumbre con que miles de personas cruzan diariamente las calles del puerto. Cuando la movilidad deja de ser segura, también se deteriora la calidad del espacio público y la forma en que convivimos.
Por eso la muerte de Sabino no puede reducirse únicamente a un accidente.
Nos interpela como ciudad.
Nos obliga a preguntarnos cuánto valoramos la vida de quienes hacen de las calles un lugar de encuentro y no solo de tránsito.
Y ocurre, además, a pocos días de una nueva conmemoración del Día del Periodista.
Los editores comprendieron de inmediato que no estaban informando únicamente un mortal atropello. Titularon con el nombre de Sabino. Fue una de esas noticias que nunca resulta fácil escribir, porque detrás del hecho estaba la partida de uno de los personajes más queridos del puerto.
Al mismo tiempo, las redes sociales comenzaron a llenarse de recuerdos, fotografías y pequeñas historias.
La ciudad empezó a narrarlo.
Y el periodismo hizo lo mismo.
Porque hay acontecimientos que no terminan en el dato.
Necesitan contexto.
Memoria. Humanidad. Ahí comienza la crónica. No reemplaza a la noticia. La completa.
Le devuelve el espesor de una vida.
Le recuerda a una comunidad por qué esa persona formaba parte de su historia cotidiana.
Sabino nunca buscó protagonismo público. Sin embargo, terminó convirtiéndose en uno de esos personajes que hacen reconocible una ciudad.
Hay historias que trascienden el hecho noticioso y pasan a formar parte de la memoria de una comunidad. Contarlas con rigor, humanidad y respeto sigue siendo una de las tareas más nobles del periodismo.
Porque las ciudades no solo necesitan saber lo que ocurrió.
También necesitan conservar la memoria de quienes, sin proponérselo, terminaron dándoles un rostro, un ritmo y un alma.
Desde ahora, el paisaje de Valparaíso será distinto.
Ya no veremos a Sabino recorrer el plan con ese paso inconfundible y esa sonrisa que parecía saludar a la ciudad entera. Porque, para los porteños, la ciudad también es eso: el hogar compartido de la vida pública.
Quizás ocurra algo más profundo.
Quienes lo vimos durante años caminando por el puerto descubramos, cada vez que crucemos esas mismas calles, que la memoria también camina con nosotros.
Porque eso hacen las ciudades cuando despiden a uno de los suyos.
No solo lloran una ausencia.
Conservan una historia.

Angélica Pacheco Díaz
Periodista. Doctora en Comunicación Cultural e Identidad. Magíster en Ciencias Políticas.
Escrito por Francisco Marambio
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