Columna y Opinión

NARRAR PARA COMPRENDER

todayjulio 10, 2026 8

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Una Columna de Angélica Pacheco Díaz.

ACTO I

La palabra que convoca

Gabriel García Márquez solía decir que todo lo que necesitaba para escribir lo había aprendido escuchando las voces de su infancia. Hablaba de las mujeres indígenas que lo criaron y le enseñaron que una historia nunca depende únicamente de aquello que se cuenta, sino también del ritmo, de la pausa y de los silencios con que se narra.

No es casual que en la cultura wayuu exista la figura del palabrero. Su autoridad no nace del poder ni de la fuerza, sino del prestigio del uso de la palabra. Media en los conflictos, preserva la memoria y restablece los acuerdos de la comunidad. Mucho antes de que existieran los periódicos, la narración ya cumplía una función pública: hacer posible que una comunidad se comprendiera a sí misma.

Tal vez por eso García Márquez definió al periodismo como el mejor oficio del mundo. No solo por su capacidad de informar, sino porque entrega a los ciudadanos los elementos necesarios para comprender la realidad, ejercer su libertad y participar de la vida democrática.

Con esa convicción  el Nobel de Literatura fundó, en 1994, la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Y eligió una palabra profundamente reveladora: taller. Un lugar para volver al oficio. Para aprender observando, escribiendo, corrigiendo y compartiendo la experiencia con otros periodistas. Allí también reivindicó el valor de la narración, dialogando con el cine, la literatura y la obra de autores como Truman Capote.

En un taller se aprende haciendo. Se observa antes de escribir. Se investiga antes de opinar. Se conversa antes de concluir.

Allí el conocimiento se construye colectivamente y el oficio se transmite mediante la práctica, la duda, la reflexión y, con “esa pasión insaciable que solo puede humanizarse en la confrontación con la realidad” (García Márquez, 1994).

Por eso organizó el taller alrededor de tres pilares que siguen siendo el corazón del periodismo y la de Fundación Gabo.

Hoy quisiera detenerme en uno de ellos: la crónica. No como un género literario. Sino como una forma de conocer el mundo.

La crónica devuelve profundidad a los acontecimientos, incorpora la experiencia de las personas y recupera aquello que la inmediatez suele dejar fuera del relato.  

Entonces, Si las comunidades se reunían mucho antes de la imprenta para escuchar una historia, ¿qué era lo que realmente captaba su atención?

No era la velocidad.

No era la abundancia de información.

Era la capacidad de una narración para comprender el mundo mediante una historia.

ACTO II

Cuando la atención se convirtió en industria

Toda innovación tecnológica modifica la manera en que una sociedad se comunica.

En América Latina, la prensa nació acompañando la circulación de las ideas de independencia. En Chile, La Aurora de Chile fue mucho más que el primer periódico de la República. Fue un espacio para imaginar el país que comenzaba a construirse. Aunque la alfabetización alcanzaba apenas a una minoría, sus páginas se leían en voz alta, se discutían en cafés y tertulias, y la palabra impresa volvía a convertirse en conversación. Así comenzó también a formarse ciudadanía.

La segunda mitad del siglo XIX transformó profundamente esa relación. La Revolución Industrial aceleró la impresión, el ferrocarril y el telégrafo ampliaron la circulación de los diarios y la publicidad consolidó un nuevo modelo económico. Nacieron la pirámide invertida, el laconismo y los cierres editoriales contra reloj. La prensa dejó de dirigirse a comunidades reunidas en torno a la conversación para hablarle a audiencias cada vez más amplias.

Había nacido la cultura de masas.

Nunca antes tantas personas habían tenido acceso cotidiano a la información.

La industria aprendió a captar la atención de millones de personas.

Pero toda innovación trae consigo una tensión.

Mientras la industria perfeccionaba la circulación de noticias, el oficio comenzaba a reorganizarse alrededor de la técnica.

La velocidad se convirtió en un valor periodístico.

La noticia debía llegar antes, ocupar menos espacio y responder rápidamente qué había ocurrido.

La noticia ganó velocidad.

La crónica perdió espacio.

No desapareció. Esperó.

La industria de los medios amplió el acceso a la información como nunca antes en la historia y aprendió a conquistar la atención de las audiencias.

Pero cuando la técnica comenzó a desplazar el sentido, el periodismo empezó a perder aquello que lo había hecho indispensable desde sus orígenes: su capacidad de hacer posible que una comunidad se comprendiera a sí misma.

ACTO III Del taller al laboratorio

Durante gran parte del siglo XX, la industria de los medios aprendió a conquistar la atención de las audiencias. Fue un logro extraordinario. Profesionalización del oficio, ampliación del acceso a la información y fortalecimiento a la democracia. Pero también confundimos el periodismo con una forma específica de hacer periodismo. La noticia, la inmediatez y la producción continua dejaron de ser herramientas para convertirse, muchas veces, en el centro del oficio.

Por eso la crisis que hoy vivimos no puede explicarse únicamente por las plataformas, las redes sociales o la inteligencia artificial.

Es, sobre todo, una crisis de confianza. Las audiencias ya no esperan únicamente información. Esperan comprensión.

Pero hoy quisiera cambiar la pregunta.

Más que preguntarnos cómo captar la atención, deberíamos preguntarnos qué hace que una comunidad decida confiar.

Y la respuesta sigue siendo la misma desde los tiempos del palabrero: una historia investigada con rigor, narrada con honestidad y capaz de hacer posible la comprensión del mundo.

Durante el siglo XX la confianza descansó principalmente en los medios. Hoy vuelve, cada vez más, a descansar en el periodista como autor.

No por su protagonismo. Sino por su capacidad de investigar, interpretar y asumir públicamente la responsabilidad de aquello que narra.

Hoy esa misma mirada puede expresarse en un reportaje, un documental, un pódcast, una narrativa sonora, una experiencia inmersiva o un proyecto transmedia.

Cambian los soportes. Permanece la narración. Y con ella, la confianza. Ese es también el sentido del laboratorio. En ese laboratorio la inteligencia artificial tendrá un lugar. Como antes lo tuvieron la imprenta, el telégrafo, la fotografía, la radio, la televisión e Internet. Podrá analizar datos. Reconocer patrones. Ampliar nuestras capacidades. Pero seguirá existiendo una tarea profundamente humana.

Reconocer al otro. Descubrir la historia que todavía nadie ha contado. Y encontrar la forma narrativa capaz de transformar información dispersa en comprensión compartida.

El desafío no es competir con los algoritmos por producir más contenidos. Sino recuperar el valor de la autoría.

Mientras exista una comunidad que necesite comprender y deliberar seguirá siendo indispensable el acto de narrar lo público.

La atención se conquista.

La confianza se construye.

Y la narración sigue siendo el puente entre ambas.

*El 11 de julio se conmemora el Día del Periodista. En ese marco, se presenta esta columna que será adecuada para la exposición “La batalla por la atención: redefiniendo la comunicación periodística frente a las nuevas audiencias” liderado por el Centro de Estudiantes de Periodismo, UVM.

Angélica Pacheco Díaz
Periodista. Doctora en Comunicación Cultural e Identidad. Magíster en Ciencias Políticas.

Escrito por Francisco Marambio

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