
Mon Laferte se mandó uno de esos momentos que no se olvidan fácil en la edición 65 del Festival de Viña. Desde que pisó la Quinta Vergara, la conexión fue inmediata: piel erizada, gargantas apretadas y un público que pasó del grito al llanto sin pedir permiso. Porque cuando Mon canta, no interpreta canciones: las abre como heridas compartidas.
Tema tras tema, la Quinta se fue entregando completa. Y el Monstruo que pocas veces se rinde así terminó ovacionándola hasta que cayó uno de los premios más grandes del festival: la Gaviota de Platino, entregada por la alcaldesa Macarena Ripamonti. Con eso, Mon se convirtió en la sexta artista en recibirla y además en una de las más jóvenes en lograrlo.
Ella quedó sin palabras. Visiblemente emocionada, agradeció apenas pudo mientras el público seguía arriba de la ola emocional. Hubo lágrimas, abrazos y hasta propuestas de matrimonio entre la gente. Sí, así de intenso estuvo todo. Una noche de esas que después se cuentan como leyenda festivalera.
Nacida en Viña del Mar en 1983, Norma Monserrat Bustamante la Mon Laferte que hoy conocemos creció en la Región de Valparaíso y empezó a cantar cuando todavía todo era intuición y ganas. Con los años armó una carrera sólida, visceral y sin concesiones, convirtiéndose en una de las artistas chilenas más reconocidas a nivel internacional.
Lo del Festival no fue solo un show: fue una confirmación. Mon volvió a su casa y dejó claro por qué su música sigue pegando donde más importa.
Una noche intensa. De esas que quedan sonando mucho después de que se apagan las luces.




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